EL PROGRAMA DE GOBIERNO

DEL PAPA BENEDICTO XVI

 

 

 

«Mi programa de gobierno no es hacer mi voluntad,

sino dejarme conducir por Cristo»

 

  

Benedicto XVI reunió, en la plaza de San Pedro, a una multitud de fieles que pudo vivir de cerca el inicio de su Pontificado, marcado por la humildad La «Iglesia está viva», proclamó el Papa Benedicto XVI en la homilía de la ceremonia con la que inició oficialmente su pontificado. Con gesto humilde, pero a la vez firme, el Papa reconoció que su programa de gobierno «no es hacer mi voluntad», sino, junto con toda la Iglesia, «dejarme conducir por Cristo»

 

  

Jose Ramón Navarro

Enviado especial, La Razón

25 de abril de 2005

 

 

Ciudad del Vaticano- Benedicto XVI, en su bella homilía, señaló las líneas que van a guiar su ministerio como sucesor de Pedro. Entre ellas, destacó la juventud de la comunidad de los seguidores de Cristo, que «lleva en sí misma el futuro del mundo». Una Iglesia que se presenta para rescatar a «los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el hijo de Dios». Definió estos desiertos, como «la pobreza, el hambre y la sed, el abandono, la soledad, el amor quebrantado», a los que denominó como «desiertos exteriores» que se multiplican en la medida que se extienden los «desiertos interiores», el vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y el rumbo del hombre».

 

   No fue un mensaje negativo, muy al contrario, el Papa destacó que su misión como «pescador de hombres» es rescatarlos del sufrimiento y de la muerte, para llevarlos al «resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera». Benedicto XVI mostró, con humildad, su condición de «débil siervo de Dios» y la necesidad de apoyarse en la oración, en la fe, esperanza y amor de los fieles, para asumir «este cometido inaudito, que supera toda capacidad humana». Insistió en el gran apoyo que necesitaba a través de la oración, «para que aprenda a amar, cada vez más a mi rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia».

 

   También tuvo presente la relación con las otras confesiones cristianas cuando se comprometió a hacer «todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad». Además, tuvo un momento de recuerdo para otras religiones, como «los hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos».

 

   La referencia a Juan Pablo II se ha convertido en una constante para el Papa. Ayer recordó de nuevo la orfandad que vivió la Iglesia y él mismo tras la muerte de su predecesor, y quiso finalizar parafraseando las palabras que éste pronunció en su entronización en 1978 y que se convirtieron en el lema de su pontificado. Benedicto XVI, «con fuerza y gran convicción, y a partir de la experiencia de una larga vida personal» dirigió a los jóvenes aquellas palabras de su predecesor: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo». Y así, insistió hasta el final, dejándoles a los jóvenes un claro proyecto existencial: «Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».


 

El empeño por la unidad de los cristianos marca el inicio del pontificado

 

Cuatrocientas mil personas estallaron en un aplauso cuando el Papa, al concluir la misa, se subió al jeep y fue arropado y envuelto en cariño por los fieles

 

J. VICENTE BOO. CORRESPONSAL DE ABC

25 de abril de 2005

 

ROMA. La sonrisa radiante de Benedicto XVI afloró por fin libre al cabo de tres horas cuando el nuevo Papa recorrió en jeep descubierto la plaza de San Pedro bendiciendo a los fieles al término de la misa de Inicio del Pontificado. El cansancio y las ojeras se habían esfumado, como si la ceremonia le hubiese rejuvenecido. La tensión de su rostro había dado paso a la dulzura mientras bendecía con gesto sencillo y cariñoso rodeado de un delirio de entusiasmo.

 

Al final de la misa, cuando en lugar de retirarse se subió al jeep blanco, Roma estalló en un aplauso de cuatrocientas mil personas, incluidas las que seguían la ceremonia en otras plazas por falta de aforo en la de San Pedro. Los fieles se arremolinaban para envolverle en cariño, para arroparle en el momento en que emprende el sacrificio de dar su vida por ellos. Era una unión intensa, en la que asombraba el entusiasmo de los polacos como si acabasen de elegir a otro Papa de su país.

 

El esplendor doctrinal y la sencillez del nuevo pontificado salieron ayer a la luz a medida que Benedicto XVI suplicaba ayuda «en este momento en que yo, débil servidor de Dios, debo asumir esta tarea inaudita que realmente supera cualquier capacidad humana». Cuando confesó que le ayudaba «el saber que no estoy solo», no pudo seguir leyendo. Un aplauso atronador se desencadenaba para confirmarlo. Alzó la mirada y asintió: «Efectivamente, lo vemos y lo escuchamos».

 

Homilía intimista

 

A pesar de los 38 aplausos que subrayaban la unidad espiritual en los puntos clave, la homilía -pronunciada sólo en italiano por deferencia inicial a «su» diócesis de Roma- tuvo un carácter intimista. El Papa llamaba a todos «queridos amigos», se dirigía a todos los bautizados porque «todos formamos la comunión de los santos», saludaba a los «hermanos del pueblo judío, con quienes nos une un gran patrimonio espiritual», e incluso a los «no creyentes», con quienes el cardenal Ratzinger siempre se ha sentido a gusto en debates públicos celebrados en un clima compartido de interés por aprender.

 

Como había hecho en el funeral de Juan Pablo II, cuando era sólo Decano del Colegio Cardenalicio, el ahora Papa Joseph Ratzinger reiteró la certeza de la santidad de su predecesor: «Los santos de todos los tiempos, sus amigos, sus hermanos en la fe, lo habrán acompañado hasta la gloria de Dios. Sabíamos que se esperaba su llegada. Ahora sabemos que está entre los suyos, que está verdaderamente en su casa». Era una proclamación de santidad a la que el pueblo se sumó con un gran aplauso.

 

«¡La Iglesia esta viva! ¡La Iglesia es joven!» repitió en medio de un entusiasmo general que se desbordaba ante frases sencillas pero llenas de significado como «queridos amigos, en este momento no necesito presentar un programa de gobierno», pues ya lo adelantó en su primer mensaje a los cardenales en la Capilla Sixtina. «Mi verdadero programa de gobierno -continuó-, es no hacer mi voluntad y no seguir mis propias ideas, sino ponerme a la escucha, con toda la Iglesia, de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme guiar por Él». Había desarmado a todos, pues en ese momento, además de los fieles, aplaudían también los líderes de otras religiones y las delegaciones gubernamentales.

 

Buen pastor

 

El intelecto ordenado del profesor Ratzinger, que apasionaba a sus alumnos en tres universidades, le llevó a explicar el significado del palio -la estola de lana blanca- y del anillo del Pescador, en una liturgia con sabor de antigüedad. Antes de iniciar la misa, Benedicto XVI había bajado a la tumba de Pedro de Betsaida para pedir su ayuda. Ahora pronunciaba su homilía precisamente en el lugar donde Pedro fue martirizado, el antiguo circo de Nerón, del que queda como único testigo de piedra el obelisco egipcio que hoy adorna el centro de la plaza de San Pedro.

 

El palio de lana -que no era de tipo collar como los últimos papas sino de tipo estola como se llevaba hace mil años, antes del cisma de Oriente-, simboliza los cuidados del buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas en lugar de oprimirlas como «las ideologías de poder, que justifican la destrucción de lo que consideran opuesto al progreso». En cambio, «el Dios que se hizo Cordero, nos dice que al mundo lo salva el Crucificado, y no los crucificadores».

 

Amar significa dar la vida, y Benedicto XVI suplicaba «rezad por mí, para que yo aprenda siempre a amar más al Señor. Rezad por mí para que sepa amar a la Iglesia y a cada uno de vosotros. Rezad por mí, pastor, para que yo no huya, por miedo, delante de los lobos». Era un continuo «crescendo» de súplicas y de aplausos que unían palabras y corazones en el primer gran abrazo del Papa con su pueblo.

 

Aunque era una multitud, que se desbordaba por las grandes plazas de Roma ante pantallas de vídeo, el Papa les hablaba a título individual pues «cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios». Benedicto XVI reiteró su ferviente deseo de convertirse en «servidor de la unidad de los cristianos» y de confirmar la fe de los jóvenes, a quienes exhortó, parafraseando a Juan Pablo II: «Queridos jóvenes, ¡no tengáis miedo a Cristo!», pues «no quita nada y lo da todo». Les invitaba a seguir a Cristo como Pedro de Betsaida, el Pescador de Galilea, que ayer hablaba con acento alemán en una versión dulce. La de Baviera, no la de Prusia.

 

 

 

 

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Publicado en nuevo Arvo Net 25/04/2005