Título: La gran
esperanza
Autor: Alejandro LLano*
Lugar: Gaceta.es,
8.12.2007
QUÉ me cabe esperar? Ésta es la
pregunta decisiva que toda persona
se hace a lo largo de su vida.
Representa un interrogante acerca
del sentido de nuestra existencia y
del destino que nos aguarda. La
formuló Immanuel Kant hace más de
dos siglos y encuentra hoy una
luminosa respuesta en Spe salvi,
la encíclica sobre la esperanza que
acaba de publicar Benedicto XVI*. Lo
que todos esperamos es vivir. Por
eso la muerte se presenta ante
nosotros como una profunda quiebra
en la que parece que nuestras
expectativas se hunden. Pero, bien
pensado, lo que de verdad queremos
no es una indefinida prolongación de
los días del calendario. Aspiramos a
más. El objeto de nuestro deseo es
una vida plena, en la que —como dice
el Papa-—“la totalidad nos abraza y
nosotros abrazamos a la totalidad”.
Anhelamos sumergirnos en “el océano
del amor infinito”, en la inmensidad
del ser, desbordados por la alegría.
Y esto, lo sabemos bien, no es algo
que nos quepa alcanzar en esta vida.
Se trata de un tema
perfectamente serio, que escritores
superficiales están tratando de
manera frívola. Hay razones
filosóficas que fundamentan
rigurosamente la realidad de la
inmortalidad del alma. Pero, sobre
todo, nos cabe esperar en la vida
eterna gracias la confianza cierta
que nos ofrece la fe en Jesucristo,
muerto y resucitado por amor.
No se trata de una salvación
individualista. Nadie se salva solo,
así como nadie puede ser libre por
su cuenta. La vida humana es un
entramado de libertades que
únicamente se pueden conciliar si
todos aspiramos concertadamente a un
bien solidario. Nada hay menos
humano ni menos cristiano que el
atomismo social, imperante en las
ideologías de la modernidad. No es
cierto que, si todos buscan su
beneficio egoísta, lo que resulte
sea el interés general.
Pero también se han mostrado vanas
las promesas del colectivismo
revolucionario, que pretendía
establecer el reino del hombre sobre
la tierra. El teólogo Joseph
Ratzinger sabe que un mundo sin Dios
es un mundo sin libertad y no
promete, en modo alguno, un mundo
bueno. Los cráneos apilados de Pol
Pot ofrecen el icono de muerte al
que da culto el totalitarismo
marxista. “Quien no conoce a Dios,
aunque tenga múltiples esperanzas,
en el fondo está sin esperanza, sin
la gran esperanza que sostiene toda
la vida”. Y por eso se muestran tan
insuficientes las propuestas
postmarxistas de Horkheimer, Adorno
o Bloch.
La gran esperanza es
la que mueve y anima las pequeñas
esperanzas. El amor personal, los
empeños profesionales, la propia
pugna política, el trabajo que
mejora la sociedad y protege la
tierra… todas esas realidades
humanas son excelentes siempre que
no se absoluticen y, en lugar de
señalar caminos, se constituyan en
barreras que obstaculizan y separan.
Quien sabe esto, no ignora la clave
del optimismo. Quien lo ignora, está
abocado a la congoja.
El ambiente bronco y violento que
tantas veces impregna la sociedad
actual no surge de crispaciones
coyunturales ni encuentra su remedio
en leyes coercitivas. Lo que el
pesimismo colectivo denota es un
déficit de esperanza, fomentado por
quienes pretenden organizar la vida
común con horizontes secularizados
y, a la postre, materialistas. No
hay remedios automáticos para las
patologías sociales más acuciantes.
Si las personas van perdiendo la
visión de las dimensiones
trascendentes, no tienen mucho que
esperar. Y la amargura suele
desembocar en un enfrentamiento que
no acepta conciliaciones banales.
Cada persona
esperanzada es, ella misma, un foco
de esperanza. El que vive para los
otros ofrece continuamente salidas a
los aparentes callejones sin salida.
Todo gesto de solidaridad y de ayuda
es algo así como una bocanada de
aire fresco en un ambiente
enrarecido. Aunque hoy día las cosas
no se presenten fáciles para quienes
proponen una visión religiosa del
mundo, su aportación es decisiva
para la sociedad. Porque la religión
es la clave de toda cultura y pieza
imprescindible de una educación que
no se reduzca a ese adiestramiento
que termina por revelarse como
ramplón y estéril.
Benedicto XVI traza en un panorama
grandioso y realista, tan alejado de
las utopías de la liberación como
del consumismo que pone su corazón
en satisfacciones inmediatas. Este
horizonte trascendente confiere peso
y valor a cada una de las
actuaciones humanas que, como ya
apunta el diálogo Gorgias de Platón,
serán tenidas muy en cuenta al
final. El Romano Pontífice no vacila
a la hora de afirmar que el
argumento más fuerte en favor de la
vida eterna es precisamente el de la
necesidad de un restablecimiento de
la justicia que abarque todo el arco
de la historia. Los débiles
encontrarán satisfacción de los
atropellos sufridos, mientras que el
cinismo del poder no se dará por
bueno. Pero el balance definitivo no
anuncia temor sino amor. Sólo el
amor salva. Sin menoscabo de la
justicia, lo que nos espera es la
misericordia.
________________
Nota de Arvo.net: Alejandro
LLano es catedrático y veterano
profesor de Filosofía
(Metafísica), con publicaciones,
desde su tesis doctoral,
dedicadas al estudio de
Inmmanuel Kant
|