Jaime
Nubiola
Profesor
de
Filosofía
La
Gaceta
de los
Negocios
27
de junio
de 2005
La
penosa
escena
de Carod
Rovira
haciendo
bromas
con una
corona
de
espinas
junto a
la
iglesia
del
Santo
Sepulcro
en
Jerusalén
conmovió
hace
unas
semanas
la
sensibilidad
de
muchos
de
nuestros
conciudadanos,
y
también
la mía.
Me
pareció
ver en
aquel
gesto
bufón
una
clara
confirmación
del
anticatolicismo
de moda
que se
está
difundiendo
en los
países
de vieja
tradición
católica
y quizás
en
particular
en
España.
Según la
prensa,
al salir
de
aquella
venerable
basílica
durante
un paseo
turístico,
el
presidente
catalán
Pasqual
Maragall
se
dirigió
a una
tienda
de
souvenirs
donde
compró
una
máquina
de fotos
de usar
y tirar.
Al
acercársele
Carod,
el
presidente
catalán
cogió en
la misma
tienda
una
corona
de
espinas
y se la
colocó
al líder
republicano
para
hacerle
una
instantánea.
La
escena
fue
tomada
por un
fotógrafo
de
Associated
Press y
difundida
por la
prensa
nacional.
Ambos
recibieron
una
severa
reprimenda
por
parte
del
episcopado
español,
los
representantes
de las
comunidades
protestante,
judía y
musulmana
y buena
parte de
los
columnistas
de
nuestro
país.
Todo un
merecido
varapalo.
Aquella
imagen
trajo a
mi
memoria
las
sórdidas
fotografías
de la
guerra
civil
española
en las
que
aparecen
milicianos,
revestidos
con
casullas
de misa,
empuñando
sus
fusiles.
Sin
embargo,
lo que
me
desconcertó
más fue
la
explicación
de Carod
cuando
pretendía
disculparse
dos días
después:
"En
ningún
momento
nadie
tuvo la
más
mínima
intención
de
ofender
las
convicciones
de
nadie,
que, por
otra
parte,
respeto
absolutamente".
Me
parece
que la
primera
parte de
esta
afirmación
es
verdadera
y
muestra
probablemente
la falta
de
sensibilidad
de estos
dos
hábiles
políticos
hacia
las
convicciones
religiosas
de un
buen
número
de sus
conciudadanos.
En
cambio,
no me
parece
que
pueda
decirse
lo mismo
de la
segunda
parte de
la
afirmación:
¿qué
puede
significar
un
"respeto
absoluto"
a unas
convicciones
si se
las
ridiculiza?
El
respeto
es de
capital
importancia
en una
sociedad
democrática
y
plural.
Cuando
hay
diversidad
de
creencias,
tradiciones
culturales
y
sensibilidades,
entender
qué es
el
respeto
y sobre
todo
aprender
a vivir
respetuosamente,
esto es,
respetando
cordialmente
las
convicciones
religiosas
de
quienes
nos
rodean,
se torna
una
cuestión
vital.
Una
sociedad
multicultural
"no
podrá
existir
-explicaba
hace
cinco
años en
Berlín
el
entonces
cardenal
Ratzinger-
sin
respeto
a lo
sagrado.
Eso
incluye
salir
con
respeto
al
encuentro
de lo
que es
sagrado
para el
otro;
pero es
algo que
sólo
podremos
hacer si
lo que
es
sagrado
para
nosotros,
Dios, no
nos es
ajeno a
nosotros
mismos".
Quienes
se
burlan
de la
religión
de los
demás es
que no
se
tienen
respeto
a sí
mismos
porque
no
reconocen
nada
sagrado
dentro
de sí.
Esto es
lo
realmente
dramático
de
nuestros
políticos
cuando
hacen
broma de
signos
religiosos,
cuyo
significado
además
no
desconocen,
ya que
fueron
educados
en
ellos.
Sería
ingenuo
pensar
que
aquel
lamentable
incidente
fue
simplemente
un
"fallo
técnico"
de unos
avezados
políticos
de
vacaciones
fuera de
su país.
Se trata
más bien
de un
reflejo
del
anticatolicismo
en boga
que
trasciende
con
mucho la
ligereza
de unas
personas
singulares.
En la
sociedad
democrática
occidental
no es
aceptable
hoy en
día
-¡afortunadamente!-
decir
algo
peyorativo
de las
mujeres,
los
judíos,
los
homosexuales
u otras
minorías
étnicas,
raciales
o de
cualquier
condición;
pero de
los
católicos,
sus
símbolos
y sus
creencias
puede
hacerse
impunemente
cualquier
tipo de
burla.
En este
sentido,
resulta
muy
certero
el
subtítulo
"El
último
prejuicio
aceptable"
que pone
Philip
Jenkins
a su
interesante
libro
The
New Anti-Catholicism
(Oxford
University
Press,
2003):
"Una
afirmación
que sea
considerada
racista,
misógina,
antisemita
u
homofóbica
puede
perseguir
a un
orador
durante
años,
pero en
cambio
es
posible
todavía
hacer
públicamente
afirmaciones
hostiles
que
vituperen
al
catolicismo
romano
sin
temor a
ninguna
repercusión
seria".
En los
Estados
Unidos
el
prejuicio
anticatólico
tiene
raigambre
antigua
y en los
últimos
tiempos
florece
por
doquier,
aunque
casi
nadie
parezca
advertirlo.
Como
escribe
Peter
Viereck
en la
cita que
abre el
libro,
"atacar
al
catolicismo
es el
antisemitismo
de los
liberales".
El éxito
de
El
Código
da Vinci
o las
críticas
al Opus
Dei y a
otras
instituciones
de la
Iglesia
católica
pueden
entenderse
muy bien
en esta
clave.
El
prejuicio
anticatólico
adopta
en
Europa
una
forma
mucho
más
agresiva.
"Europeo,
no
cristiano.
Un
secularismo
agresivo
barre el
continente",
titulaba
la
revista
U.
S. News
& World
Report
un
reciente
artículo
de Jay
Tolson
sobre la
cuestión.
Tolson
llega a
hablar
de una
cristianofobia
que
asola
Europa,
coincidiendo
con
décadas
de
prosperidad
económica
unidas a
un
notable
declive
de los
valores
religiosos.
Quizá un
signo
fehaciente
de esa
actitud
hostil a
la
religión
-en
particular
entre
las
élites
intelectuales
y
políticas
europeas-
se
encuentra
en la
negativa
de los
autores
de la
malograda
Constitución
europea
a
reconocer
en el
texto
sometido
a
aprobación
las
raíces
cristianas
de
Europa,
a pesar
de las
reiteradas
peticiones
de Juan
Pablo II
y de
numerosas
entidades
y
organizaciones.
La
irrupción
de este
anticatolicismo
en
nuestro
país no
puede
menos
que
llamar
la
atención.
Cuando
nuestros
"progresistas
de
izquierda"
alzan
como
bandera
un
rancio
laicismo
decimonónico,
están
reproduciendo
una
actitud
del todo
opuesta
a la
genuina
tradición
democrática
y
pluralista.
En los
últimos
tiempos,
tanto la
enseñanza
de la
religión
en las
escuelas
como los
símbolos
tradicionales
cristianos
-desde
los
adornos
navideños
hasta la
bendiciones
de los
nuevos
edificios
en su
inauguración-
han
vuelto
al
centro
de la
batalla
política
y
social.
Conviene
tener
presente
a este
respecto
que la
idea de
separación
entre la
Iglesia
y el
Estado
se debe
al
cristianismo.
Los
primeros
cristianos
fueron
perseguidos
-explicaba
el
cardenal
Ratzinger
al
periodista
Peter
Seewald
en una
extensa
entrevista
de hace
unos
pocos
años-
porque
no
estaban
dispuestos
a
ofrecer
sacrificios
al
emperador,
a
subordinar
sus
creencias
a la
religión
del
Estado.
La
historia
ha dado
muchas
vueltas
en el
mundo y
en
nuestro
país, y
ahora
reaparecen
en
nuestra
sociedad
quienes
defienden
un
Estado
tan
laico
que no
haya
lugar en
él para
la
expresión
pública
de las
propias
convicciones
religiosas:
ésa es
la nueva
religión
civil.
Afortunadamente
los
políticos
laicistas
-muy a
su
pesar-
no son
los
referentes
más
importantes
en
nuestra
cultura.
A la vez
que el
prejuicio
anticatólico
golpea
nuestro
país,
por
ejemplo,
con la
pretensión
de
legalizar
como
matrimonio
las
uniones
homosexuales,
el viejo
rockero
Bruce
Springsteen
recorre
nuestras
ciudades
con su
nuevo
álbum
Devils &
Dust,
con un
montón
de
canciones
llenas
de
espiritualidad
que
the boss
atribuye
a su
educación
católica.
Aunque
el
anticatolicismo
esté de
moda, no
es la
única
moda ni,
por
supuesto,
la
mejor.