VICTOR HUGO, DOS SIGLOS

Semblanza de Victor Hugo -autor de "Los miserables"- en el bicentenario de su nacimiento.

Por Carlos Pujol

El 26 de febrero se cumplen doscientos años del nacimiento de un escritor inabarcable y desmesurado: Victor Hugo. Poeta, novelista, dramaturgo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París es quizá la mayor gloria que han dado las letras francesas.

«Victor Hugo era un loco que creía ser Victor Hugo», sentenció Jean Cocteau con no poca malignidad. Y hay que admitir que un punto de locura, de hipertrofia vital e imaginativa, como quien se agiganta a sí mismo (y se lo cree del todo) a fuerza de grandes sueños enfáticos, siempre hubo en él. Era un hombre que no cabe en el sitio que ocupa por un exceso de tamaño, «genio sin fronteras» le llamó Baudelaire, diríase que sin límites, lo cual es un elogio en el que entra una parte de admiración horrorizada.

En su vida y obra hay una desmesura que corresponde a la genialidad, pero que a menudo es sólo una hinchazón que roza la patología. ¿Es posible llegar a escribir y publicar cerca de ciento veintiocho mil versos, como aseguran los que han echado las cuentas? Un fenómeno sonoro único por el volumen descomunal de su producción, que es diversísima y abarca todas las modalidades de la literatura. ¿Qué hacer con él? La posteridad tiende a refunfuñar.

Es así mismo un personaje inmenso, que pasma y a veces irrita y marea un poco. Tal vez no acabe de ser simpático por muchos de los rasgos de su carácter, pero ¡qué escritor y qué homenot!, para usar el término de Pla. Nos acercamos a él con sentimientos contradictorios, pero sabiendo que es inesquivable.

Nació, como dice en un famoso hemistiquio, cuando le siècle avait deux ans. En 1802 su padre, oficial del ejército, estaba de guarnición en Besançon, y la familia se va reuniendo con él en el curso de las campañas militares: Marsella, Elba, Nápoles. Ya de muy niño Victor no para de ir de un lado a otro, en la estela del ejército napoleónico, y en un hogar dividido por una doble infidelidad conyugal que es pública.

En 1808 el general Léopold Hugo llega a España acompañando al rey José: derrota al Empecinado en Sigüenza (será conde de Sigüenza), gobernador de varias provincias, se instala en Madrid, y en 1811 los suyos se reúnen con él, pero la guerra pinta mal para los franceses, vuelven a París, y la caída del Imperio sorprende allí a la familia. Los padres están separados, y además se oponen políticamente porque la madre es monárquica. Victor ya está escribiendo versos y teatro.

«Niño sublime»

Durante la Restauración también él será monárquico, jovencísimo cantor de la «Monarquía legítima»; aseguraba que Chateaubriand, su ídolo, le llamó en privado «niño sublime», pero el autor de las Memorias de ultratumba negó haber dicho semejante cosa. El hecho es que publica sus odas borbónicas, dramas, novelas; forma parte de los grupos en los que se prepara el incipiente romanticismo. Es sólo un esbozo del Victor Hugo que será más tarde, pero ya inquieto, agitadísimo, soberano.

Casado, padre de familia numerosa, autor de múltiples libros, proclama, por así decirlo, la revolución romántica, con el estreno de Hernani en 1830, y se acomoda a la nueva Monarquía del rey burgués Luis Felipe de Orleans: ya no es legitimista, sino liberal moderado, mantiene magníficas relaciones con la Corte, que le protege. Se le colma de honores, será par de Francia, es ya un hombre consagrado. A los veintinueve años publica Las hojas de otoño, como si tuviera una edad crepuscular o necesitara cierta pátina artificial de vejez.

Si su carrera hubiera acabado entonces... Hubiese pasado a la historia como un poeta estimable, un dramaturgo irregular pero curioso, el autor de una de las novelas históricas más brillantes de la época, Nuestra Señora de París, un éxito que todavía colea. Pero fue aquél en muchos sentidos un periodo de inercia, de estancamiento, de aceptación de las convenciones. Ni siquiera la muerte por accidente de su hija Léopoldine le sacó de todo eso.

Su mujer, harta de abandonos y aventuras, le engaña con el crítico Sainte-Beuve; a él se le sorprende con la esposa de un conocido pintor. Vodevil en el Olimpo. Y el que viene a ser como el poeta cortesano de la Monarquía de Julio, además tiene una amante titular, la actriz Juliette Drouet. En pocos años el romanticismo se ha quemado, los amigos y compañeros de Victor Hugo ya no serán más que un recuerdo después de la Revolución del 48.

Él es el único que, al borde de la cincuentena, renace y empieza a ser por fin, en toda su plenitud, lo que siempre había soñado: el genio trompeteante de Francia en su gran papel de símbolo vivo. Apoya a Luis Napoleón para la presidencia de la República, y en seguida se desengaña, intuyendo que aquel hombre no era partidario del liberalismo (en efecto, poco después da un golpe de Estado, y no tardará en proclamarse emperador).

Victor Hugo protesta, clama, se exilia, llama al nuevo déspota Napoleón el Pequeño, escribe con su sangre su profesión de fe: Credo in Deum, in populum, in Galliam. En 1852 se irá a la isla de Jersey, donde se reúne con él su familia, también Juliette Drouet. Los castigos será su epopeya antinapoleónica, escribe poemas filosóficos, cultiva el espiritismo: las mesas giratorias le comunican mensajes de Léopoldine, del glorioso Napoleón, tío del nuevo tirano; de Shakespeare, quien le dicta desde ultratumba un drama inconcluso.

La Muerte le hace revelaciones esotéricas; el propio Jesucristo, siempre por medio de los golpes que dan las patas de la mesa, le pide que instaure una nueva religión... Pero en medio de éstos y otros muchos disparates, concluye Las contemplaciones, su gran libro poético, extraordinario de lirismo, de evocaciones personales, de desgarrada ternura, con una voz singular. El poeta precoz ha sido lento en madurar.

A este gran libro del destierro se une La leyenda de los siglos, lo más ambicioso que llegó a concebir, irregular, pero impresionante, un hito en cualquier literatura. Y más dramas, y el tremendo novelón de Los miserables, una epopeya novelesca a la que se pueden poner muchísimos reparos, pero que es inmortal, o al menos inolvidable. Y Los trabajadores del mar y El noventa y tres, y Las canciones de las calles y de los bosques y El hombre que ríe.

Ahora es un abuelo de barba venerable, se ha trasladado a Guernesey, mueren algunos de sus próximos, él se niega a beneficiarse de las amnistías de su detestado Napoleón: «Cuando vuelva la libertad, yo también volveré».

En 1870, después de la guerra franco-prusiana, cuando en Francia se proclama de nuevo la república, vuelve a París, donde es recibido triunfalmente; pero cuando se presenta a varias elecciones fracasa. Va a cumplir setenta años, inicia sus relaciones amorosas con la doncella de Juliette Drouet. Ya en su familia, en el país, en todo el mundo, nadie discute lo que hace, lo que piensa, lo que escribe.

La gloria en vida

¿Qué más? Discursos, poemas, artículos, frases oraculares, la gloria en vida. Es senador, puede permitirse todas las protestas que quiera (por ejemplo, pidiendo amnistías por los communards), ejerce de santón laico que predica un humanitarismo muy vago y que está por encima de todo. Enseña El arte de ser abuelo. En 1881 hay una gran manifestación porque empieza el año en el que va a ser octogenario.

Su esposa, Adèle, había muerto muchos años atrás; ahora muere Juliette Drouet. Última modificación del codicilo de su testamento: «Rechazo la oración de todas las iglesias. Pido una oración a todas las almas. Creo en Dios». Morirá el 22 de mayo de 1885, y su entierro es una apoteosis. Pompas fúnebres tan aparatosas que en el Diario de los Goncourt se usa la palabra «kermés». Zola no pudo evitar un comentario aliviado: «Yo creía que nos iba a enterrar a todos». Desde entonces, a propósito de Victor Hugo puede reunirse un ramillete de frases malvadas con firmas de categoría; la posteridad francesa le ha tratado muy mal, y el resto del mundo ha tendido a desentenderse de su colosal figura, como si no supiera qué hacer con él. Admiración que se da por supuesto, pero a distancia.

Ecos de su voz

En Baudelaire, en Mallarmé, en Verlaine, en los simbolistas y en buena parte de la poesía francesa del siglo XX hay infinitos ecos de su voz (se definió como «alma que es de mil voces»), pero todos renegaron de Victor Hugo. Valéry dijo que era «un multimillonario, pero no un príncipe», Claudel le llamó «desvergonzado chapucero con dotes admirables», y es famosísima la boutade de Gide cuando le preguntaron quién era el más grande poeta francés: «Victor Hugo, hélas!», como quien dice «¡qué se le va a hacer, qué remedio!»

Casi todos ácidos, rencorosos, crueles, probablemente injustos, denunciando que era «más sonoro que sutil», lo cual no siempre es verdad; que tenía una asombrosa capacidad para pasar de lo sublime a lo ridículo, de lo íntimo y verdadero a la declamación. Es el precio de ocupar demasiado espacio con demasiado ruido.

«Poeta nacional», pero muy discutido; estatua en vida, pero con qué ebullición interior; enorme, desproporcionado, genial de una forma en la que la tradición francesa, por lo común tan bien educada, casi no se reconoce. «Todo él superlativo, el milagro repetido incesantemente», los elogios son de Baudelaire, quien en una carta confiesa a su madre que abomina de Los miserables.

Doscientos años después, cuando otro siglo vuelve a tener dos años, se le recuerda como un personaje único, tal vez demasiado personaje, con la mayor personalidad que ha tenido la literatura francesa, inabarcable, muy tentador para la injusticia y el desdén. No hay que caer en los tópicos que a menudo esconden detrás de ingenio mordaz y melindres, que son especialidades de su tierra, cierto espíritu mezquino, incomprensión, quizá nuestra misma pequeñez que se resiste a aceptar lo que es muy grande.

En una estampa de sus últimos años, Maurice Barrès le describe como un anciano mal vestido «que parecía un viejo albañil, un viejo obrero, pero que era un profeta». Y añade: «Está en posesión de misterios y de esperanzas que la mayoría de los hombres no posee». Habría que añadir que tenía también un inmenso tesoro, extraño y fascinante, de palabras que aún hoy deslumbran y emocionan.

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From: ABC Cultural, 9-II-2002

 

 

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