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En el 50 aniversario de la muerte de Paul Claudel
Por
Melchor Sánchez de Toca Alameda
Recientemente
se han cumplido 50 años de la muerte del poeta Paul
Claudel (Francia, 1868-1955). La belleza como camino de
acceso a Dios y como lenguaje para comunicar a los
hombres el misterio de Cristo, encuentran en el
acontecimiento de su conversión una confirmación
inesperada y una propuesta para los hombres de hoy
Durante
años, en la biblioteca donde estudiaba, sentado frente
al estante de las biografías, llamaba mi atención un
libro, cuyo título, sugerente y misterioso, era como una
invitación a traspasar un umbral fascinante: Paul
Claudel, poeta del simbolismo católico, de Louis
Chaigne. Tardé mucho tiempo en aceptar esa invitación y
conocer finalmente a uno de los grandes escritores
católicos del siglo XX. Lo que me impresionó de Claudel
fue su conversión, descrita por él con la fuerza
arrebatadora del convertido y con apabullante
sinceridad. Claudel señala como día de su conversión la
noche de Navidad de 1886, el mismo día –y, estoy seguro,
a la misma hora– en que santa Teresa de Lisieux recibió
la gracia de Navidad, que le permitió avanzar con
pasos de gigante en el camino de la santidad. Dos almas
unidas por una gracia singular.
Años después, Claudel escribió el relato de su
conversión en páginas que rezuman profunda emoción ante
lo acontecido. Un Claudel joven, ateo, se hallaba en la
catedral de Notre-Dame, de París, asistiendo a las
Vísperas de Navidad, atraído por la belleza estética de
la liturgia. «Fue entonces –escribe– cuando se produjo
el acontecimiento que domina toda mi vida. De repente,
mi corazón se sintió tocado y creí. Creí con tal fuerza
de adhesión, con tal arrebatamiento de todo mi ser, con
una convicción tan poderosa, con tal certeza, que no me
quedaba la menor duda, y que, después todos los libros,
todos los razonamientos, todos los azares de una vida
agitada no podrían quebrantar mi fe, ni, a decir verdad,
tocarla siquiera. Había sentido de golpe el sentimiento
desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de
Dios, una revelación inefable. Tratando, como lo he
hecho a menudo, de reconstruir los minutos que siguieron
a este instante extraordinario, me encuentro con los
siguientes elementos, que, sin embargo, no forman más
que un solo destello, una sola arma de la que la
Providencia divina se servía para hacerse accesible y
abrirse al fin a un pobre muchacho desesperado. ¡Las
gentes que creen son felices! Sin embargo, ¿es eso
cierto? ¡Es cierto! Dios existe, está allí. Es Alguien,
es un ser tan personal como yo mismo. Él me ama, Él me
llama. Me vi embargado de lágrimas y sollozos, y el
cántico del Adeste se añadía a mi emoción».
La gracia de la noche de Navidad, sin embargo, no fue
aún una conversión plena. Toda conversión –escribe C.S.
Lewis, otro convertido– es, en el fondo, una rendición a
Dios. A este primer momento habrían de seguirle todavía
cuatro años de luchas. Sin embargo, durante este tiempo,
su mayor tentación, el mayor obstáculo para entregarse a
Dios, era el pensamiento de que la verdad que había
descubierto acaso fuese triste o fea, y eso le
paralizaba. En ese período, su gran educadora fue la
Iglesia, la catedral. Fueron el arte, la liturgia, el
canto, quienes le convencieron de que el Dios personal
que le había salido al encuentro en 1886 era, además de
Verdad suprema, suma Belleza. En 1889 se decidió a
confesarse, pero cuando el sacerdote le impuso declarar
públicamente su conversión como condición previa para
recibir la absolución, se negó. No volvió hasta después
de un año, cuando rendido, finalmente, al amor, hizo su
segunda comunión, la noche de Navidad 1890.
En la conversión de Claudel, tanto o más que la fuerza
con que la gracia de Dios irrumpió en su vida, me ha
sorprendido siempre la respuesta: un sentimiento
indubitable de la existencia de Dios, acompañado de la
resistencia a cambiar de vida, como una demostración
práctica de la exquisita libertad con que Dios trata a
los hombres, sin violentar su conciencia. Claudel –al
igual que André Frossard, o García Morente– señala un
momento muy preciso, en el que se encuentran lo eterno y
lo temporal. La gracia de Dios tiene una hora de entrada
en su vida, y un lugar preciso, una baldosa concreta,
precisamente allí, y no más a la izquierda o a la
derecha. Una lápida conmovedora en la catedral de Notre-Dame,
a los pies de la imagen de Nuestra Señora, recuerda este
acontecimiento singular. Para Claudel, como para
Frossard, esta gracia no vino precedida ni de un
esfuerzo de búsqueda, ni de una lucha; fue una
consolación sin causa precedente, un regalo del cielo,
concreto y puntual, una irrupción. El encuentro de 1886
fue el de un Dios personal e íntimo, algo que hasta
entonces no había conocido. Gracia y libertad se hallan
en su vida unidas inextricablemente.
Alfa y Omega, 2005
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Arvo Net, 18 agosto de 2005 |
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