Joaquín FERRER ARELLANO
doctor en Teología y Derecho
http://www.theologoumena.com/
(“El día en el que actuó el Señor”,
Sal 117, 29).
INTRODUCCIÓN
Este estudio ha sido sugerido por la carta
apostólica Novo millenio ineunte de
Juan Pablo II, en el contexto de su
magisterio sobre la historia de la salvación
como despliegue temporal de la irradiación
salvífica de la Resurrección de Cristo de
entre los muertos –parte esencial e
inseparable junto a su Pasión y Muerte, del
misterio pascual del Señor, que culmina en
la Ascensión y Pentecostés– en tanto que
acontecimiento misteriosamente trascendente
a la historia, hasta su retorno en gloria.
He aquí dos textos de la carta que tenemos
especialmente presentes en este escrito.
La verdad de la resurrección de Cristo es el
dato originario sobre el que se apoya la fe
cristiana (cfr. 1 Co
15, 14), acontecimiento que es el centro
del misterio del tiempo y que prefigura
el último día, cuando Cristo vuelva
glorioso. (...) Celebrando su Pascua, no
sólo una vez al año sino cada domingo, la
Iglesia seguirá indicando a cada generación
“lo que constituye el eje central del la
historia, con el cual se relacionan el
misterio del principio y del destino final
del mundo” (n. 35).
Cristo es el fundamento y el centro de la
historia, de la cual es el sentido y la meta
última. En efecto, es por medio de Él, Verbo
e imagen del Padre, que «todo se hizo» (Jn
1, 3; cfr. Col1, 15). Su
Encarnación, culminada en el misterio
pascual y en el don del Espíritu, es el eje
del tiempo, la hora misteriosa en la cual el
Reino de Dios se ha hecho cercano (cfr.
Mc 1, 15), más aún, ha puesto sus
raíces, como una semilla destinada a
convertirse en un gran árbol (cfr. Mc
4, 30–32), en nuestra historia. (Ibid
n. 5).
La fe en la Resurrección tiene por objeto un
acontecimiento que es, a la vez,
históricamente atestiguado por los
discípulos que se encontraron realmente con
el Resucitado después de comprobar que el
sepulcro estaba vacío, y misteriosamente
trascendente en cuanto entrada de la
humanidad de Cristo en la gloria de Dios
como “el primogénito de entre los muertos”
(Col 1, 18). Es, en efecto, el principio
de nuestra propia resurrección: ya desde
ahora por la justificación de nuestra alma
(cf Rm 6, 4), más tarde por
la vivificación de nuestro cuerpo (Cf. Rm 8,
11). (CEC 656 y 658), en un proceso que
culminará en la transfiguración escatológica
del Universo, cuando “Dios sea todo en
todos” (1Cor 15, 28). Nosotros lo percibimos
en distensión temporal, pero visto desde
Dios –en el instante inmóvil de la
eternidad– aparece como un único
acontecimiento salvífico: “el día en el
que actuó el Señor” (Sal 117, 29).
Cualquier acción del
Dios hombre tenía una plena eficacia
salvífica[1],
pero por libérrima disposición divina –no
sin hondas razones de conveniencia–, la
redención no se consuma hasta su muerte y
exaltación gloriosa. Pasión y
Resurrección constituyen una unidad
inseparable: la Pascua del Señor. La
“hora” de Jesús, la Cruz gloriosa (cfr. Jn
12, 32), es la causa meritoria de su
Resurrección y del don del Espíritu, (“fruto
de la cruz”[2]).
Si hasta épocas
recientes se veía la Resurrección
reductivamente como supremo motivo de
credibilidad y como un apéndice de
soterología (la exaltación de Cristo una vez
cumplida la redención en el Calvario) ahora
se insiste, con razón –volviendo a la mejor
tradición teológica– en su eficacia
salvífica. Con toda la razón, pero con tal
que se haga sin menoscabo de la "hora de la
glorificación del Hijo del hombre" (Jn 12,
32), que se cumple en su Pasión y muerte,
incurriendo en un unilateralismo de signo
opuesto. La resurrección de Cristo es, sun
duda causa ejemplar y eficiente de nuestra
resurrección de muerte a vida, pero en
íntima unión con su pasión y muerte. “La
vida cristiana se encamina a la
resurrección, que es el fundamento de
nuestra fe”. Pero, alerta el Beato Josemaría
E. “no recorramos demasiado deprisa ese
camino” (cfr. Es Cristo que pasa,
95). La Pascua es consecuencia del Jueves y
Viernes Santo, y no al revés: sin Sacrificio
no hay redención[3].
Y sin su presencialización sacramental, no
se hace operativamente presente su eficacia
salvífica de la Pascua del Señor en la
historia que culmina en la escatología.
Esta reflexión teológica se propone estudiar
las diversas dimensiones de ese
proceso histórico de irradiación salvífica
de la Pascua del Señor. Ella es, en primer
lugar, en cuanto recapitula toda la
existencia histórica de Cristo redentor, el
centro del misterio del tiempo (I). Es,
además, culminación y acreditación suprema
de la Revelación; y abarca, recapitulándola,
la historia salvífica bajo Cristo como
cabeza (II). Aparece, en perspectiva
trinitaria, como vértice de la
autocomunicación de Dios, mediante la
doble misión conjunta e inseparable (cfr.
CEC 702) del Verbo y del Espíritu –las dos
manos del Padre– que congregan en unidad a
los hijos de Dios, de todas las etnias y
tiempos, dispersos por el pecado, en la
fraternidad eclesial del Cristo total que
incluye a todos los hombres que aceptan con
buena voluntad el don salvífico del Espíritu
(III), hasta que se complete el número de
los elegidos en la plenitud escatológica del
Reino, en el universo transfigurado en la
Pascua eterna (IV). Veámoslo.
I. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO CENTRO DEL
MISTERIO DEL TIEMPO.
Dios creó el mundo en orden a la comunión en
su vida trinitaria. Frustrado el plan originario de
comunión de los hombres con Dios y de los
hombres entre sí (cfr. CEC 71), comienza a
realizarse el designio benevolente del Padre
de reunir a los hijos de Dios dispersos por
el pecado (Jn 11, 52). Como reacción al
caos, que el pecado provocó, envía al Hijo y
al Espíritu (las "dos manos del Padre”) para
congregarlos en el pueblo de Dios Padre que
es la Iglesia del Verbo encarnado
unificada por el Espíritu. (Cfr. CEC, 761)
Es un proceso que abarca la historia entera
de la salvación que culmina en la
recapitulación de todos las cosas en
Cristo glorioso, triunfador de la muerte en
el misterio pascual[4].
La obra salvífica de Dios es histórica[5].
La historia profana y la historia
salvífica son en realidad dos dimensiones
–orden de la creación y orden de la gracia–
de una historia única. Se lleva a
cabo a través de una sucesión de
acontecimientos libres –que emergen del
concurso de la Libertad eterna increada y,
fundada en ella, de la libertad creada–
situados en el tiempo, que aportan algo
nuevo y producen algún cambio. Son los
kairoi, los tiempos dispuestos y
propicios, para un acontecimiento dado (cf.
Mc 1, 15; Gál 4, 4; Ef 1, 10). La historia
es –como dice acertadamente L. Polo– un
discontinuo de comienzos libres[6].
HEGEL desfigura
la historia bíblica en clave dialéctica
inmanentista, inspirada en SPINOZA y en la
gnosis dialéctica de J. BÖHME[7].
Tampoco cabe interpretarla como una
evolución ascendente y universal desde el
átomo hasta el Cristo cósmico, punto omega
de un proceso inmanente expuesto a la amnera
de TEILHARD– con un lenguaje poético cuya
ambigüedad parece sugerir un inmanentismo
radical sin trascendencia creadora y
gratuidad en el designio salvífico
sobrenatural que culmina en el misterio de
la recapitulación de todo en Cristo.
Las etapas históricas señaladas por los
acontecimientos son verdaderos momentos
cualitativamente distintos, en progresión
creciente extensiva e intensiva de la
autocomunicación de Dios; tanto en la
preparación de la Encarnación,
como en su realización en la
existencia histórica de Jesucristo (se
produjeron venidas sucesivas del Espíritu
sobre Jesús hasta su consumación pascual)[8]
y en el ulterior despliegue de su
plenitud desbordante, por el ministerio
de la Iglesia peregrina –como sacramento
universal de salvación–, hasta la
escatológica recapitulación (Ef 1, 10)
de todo en el Cristo total de los
hijos de Dios dispersos por el pecado, en un
universo transfigurado al fin de la historia
salvífica, en la Parusía del Señor
entronizado a la derecha del Padre desde la
gloriosa Ascensión a los cielos. Es por
ello, centro del misterio del tiempo.
En
Cristo la cumbre del progreso histórico se
da ya, virtualmente, en la consumación
del misterio Pascual. Comienzan con El,
los tiempos escatológicos (la plenitud de
los tiempos). La historia de la
salvación es mero despliegue de su
plenitud desbordante –por anticipación o
derivación de la Pacua del Señor–
hasta la formación del Cristo total,
cuando se complete el número de los elegidos
en un universo transfigurado: nuevos cielos
y nueva tierra.
“El día en que Cristo
resucitó de entre los muertos (que se hace
presente en el domingo, la Pascua semanal)
es también el día que revela sentido del
tiempo. (...) Atraviesa los tiempos del
hombre, los meses, los años, los siglos como
una flecha recta que los penetra
orientándolos hacia la segunda venida de
Cristo, la Parusía, anticipada ya de
alguna manera en el acontecimiento de la
Resurrección. En efecto, todo lo que ha
de suceder hasta el fin del mundo no será
sino una expansión y explicitación de lo que
sucedió en el día en que el Cuerpo
martirizado del Crucificado resucitó por la
fuerza del Espíritu y se convirtió a su
vez en la fuente del mismo Espíritu para la
humanidad. Por esto, el cristiano sabe que
no debe esperar otro tiempo de salvación, ya
que le mundo, cualquiera que sea su duración
cronológica, vive ya en el último tiempo”[9].
Las audiencias generales del Santo Padre de
los últimos meses de 1997, tuvieron como
tema el misterio del tiempo, a la luz de
Cristo. Publicadas bajo el epígrafe
“Cristo en la historia”. Comenzaba así la
primera sección de la escatología cristiana
(“creo en la vida eterna”), en la que
culminaban sus admirables catequesis sobre
el Credo. En ellas explica el porqué y en
qué sentido la resurrección de Cristo es el
centro del misterio del tiempo en cuanto
culminación de la Encarnación que inicia el
ingreso de la eternidad en el tiempo
histórico del hombre para salvarle. He aquí
un resumen de su argumentación, que glosamos
a continuación.
Dios es el señor del tiempo no sólo como
creador del mundo, sino también como
autor de la nueva creación
en Cristo. Él ha intervenido para curar y
renovar la condición humana, profundamente
herida por el pecado. Al crear el universo,
Dios creó el tiempo. De él viene el
inicio del tiempo, así como todo su
desarrollo sucesivo en la historia.
La entrada en la eternidad en el tiempo a
través del misterio de la Encarnación hace
que toda la vida de Cristo sea un período
excepcional. El arco de esta vida
constituye un tiempo único, tiempo de la
plenitud de la Revelación, en la que Dios
eterno nos habla en su Verbo encarnado a
través del velo de su existencia humana.
Aplicándose a sí mismo la expresión «Yo
soy», Jesús hace suyo el nombre de Dios,
revelado a Moisés en el Éxodo. En el
evangelio de San Juan esta expresión aparece
varias veces en sus labios (cfr 8, 24, 28,
58; 13, 19). Con ella Jesús muestra
eficazmente que la eternidad, en su
persona, no sólo precede al tiempo, sino
también entra en el tiempo.
Por este misterio, la historia humana ya
no está destinada a la caducidad, sino que
tiene un sentido y una dirección: ha sido
como fecundada por la eternidad.
Se trata del tiempo que permanecerá para
siempre como punto de referencia normativo:
el tiempo del Evangelio. “El
hecho de que el Verbo de Dios se hiciera
hombre produjo un cambio fundamental en la
condición misma del tiempo. Podemos decir
que, en Cristo, el tiempo humano se colmó
de eternidad. Es una transformación que
afecta al destino de toda la humanidad, ya
que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium
et spes, 22). Vino a ofrecer a todos la
participación en su vida divina. El don de
esta vida conlleva una participación en su
eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a
propósito de la Eucaristía: «El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn
6, 54)[10].
»
La Pascua del Señor es el misterio
recapitulador de todos los “acta et
passa Christi”. Todos los instantes de
su existencia histórica tenían un valor
infinitamente satisfactorio y meritorio.
Pero aunque infinitamente salvíficos en sí
mismos, por disposición divina no eran
redentivos sino en cuanto intencionalmente
referidos al Sacrificio del Calvario, que
mereció la resurrección de entre los
muertos, su ascensión a la derecha del Padre
y el envío del Espíritu – fruto de la Pascua
del Señor–, que nos hace partícipes de la
novedad de vida de Cristo glorioso. “El
Verbo hecho hombre no es disposición próxima
para nuestra resurrección, sino el Verbo
hecho hombre y resucitado (resurgens)
de entre los muertos”.
(Tomás de Aquino, III, Sent, dist.
21, q2 a1 ad1).
Nuestra nueva vida en Cristo es, pues, obra
del Cristo resucitado en cuanto resucitado
(Sum. Th. III q56 ad3)[11].
Es el misterio recapitulador en el que
convergen todos los misterios –acciones y
pasiones– de la vida de Cristo; cada uno en
si mismo de valor infinito. Son, pues, “causa
salutis aeternae”; pero lo son en tanto
que recapitulados en la “consumación”
pascual (cfr. Heb 5, 9) de la existencia
redentora de Cristo.
Valga como ilustración por analogía la comparación con el
misterio de la transubstanción eucarística.
Todas las palabras de la consagración
sacramental son eficaces. Pero sólo cuando
concluye la recitación de las mismas que
significan y realizan la singular y
admirable conversión del pan y del vino en
el cuerpo y la sangre de Cristo –al
pronunciar el último fonema que se requiere
para expresar el sentido teológico que
“anuncia la muerte del Señor hasta que
venga”– acontece la presencia salvífica de
Cristo ofreciendo el divino Sacrificio del
Calvario: de la “hora de la glorificación
del Hijo del hombre”, para realizar la obra
de salvación con la cooperación de su
esposa, la Iglesia (que aporta –como don de
la Esposa– lo que falta de la Pasión de
Cristo su Esposo).
La “Hora” de Jesús, es el momento
supremo establecido por el Padre para la
salvación del mundo; la Hora de la
glorificación del Hijo del hombre, cuando
atrae todo hacia sí en el trono triunfal de
la Cruz (cfr Jn 12, 23 ss.). Jesús muriendo
a impulsos del Espíritu eterno (Heb 9,
14), que poseía como hombre en plenitud de
gracia y de verdad, “transmitió el Espíritu”
(Jn 19, 30); expresión que históricamente
significa devolver al Padre, mediante la
muerte, aquel soplo vital que de El había
recibido, pero que teológicamente indica
también el don del Espíritu a los creyentes.
Aquel Espíritu que Él mismo ha recibido
del Padre, se derrama ahora como fruto de la
Cruz, en el mismo el momento en que,
después de la resurrección, dirigiéndose a
los Once, alentó sobre ellos y les dijo:
“recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
El
estado de kenosis, de Siervo, culmina
en al cruz y en el descenso a los infiernos;
con la resurrección comienza otro glorioso,
el del “sentarse a la derecha de Dios”. En
el primer estadio Cristo recibió en
Espíritu; fue santificado y guiado por él.
En el segundo estadio, está “sentado a la
derecha de Dios”, es hecho semejante a Dios
y, de esta manera, puede como hombre
incluso, dar el Espíritu. “La elevación
mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo
alcanza su cumbre en la resurrección, en la
cual se revela también como Hijo de Dios,
"lleno de poder" (Juan Pablo II, Dev
24). La resurrección–glorificación es el
momento decisivo para que Jesús adquiera de
una manera nueva la cualidad de Hijo en
virtud de la acción de Dios por medio del
Espíritu. “Nacido del linaje de David según
la carne, constituido Hijo de Dios con
poder, según el Espíritu santificador, a
partir de su resurrección de entre los
muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rom 1,
3–4)[12].
La efusión del Espíritu en Pentecostés
–fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y
la manifestación del poder adquirido por el
Hijo ya sentado a la derecha del Padre–
formó la Iglesia[13].
La Pascua del Señor –su Muerte y
Resurrección– alcanza “praesentialiter”
todos los lugares y tiempos, no sólo por
la virtus divina –que en virtud de la
unión hipostática es propia de todos
instantes de la vida de Cristo–, sino
también por la
virtus de su realidad humana
plenamente deificada en el alma y en el
cuerpo, que ha penetrado, en la integridad
de su ser, y de su obrar
salvífico –recapitulado en su
consumación pascual en la doble dimensión de
su muerte
in fieri y de su resurrección in
fieri,– en la eternidad participada de
la gloria para atraerlo hacia la nueva
vida por obra del Espíritu (cfr. Jn 12, 32)
que todo lo renueva. Lo hace todo a
través del ministerio de la Iglesia que
culmina en la
liturgia (SC 9), cuya raíz y centro
es el misterio eucarístico “la fuente de la
que todo mana y la meta a la que todo
conduce”
[14].
El Catecismo de la I. C. (n. 1085) lo
expresa así: “En la liturgia de la
Iglesia, Cristo significa y realiza
principalmente su misterio pascual.
Durante su vida terrestre Jesús anunciaba
con su enseñanza y anticipaba con sus actos
el misterio pascual. Cuando llegó su hora
(cf Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único
acontecimiento de la historia que no pasa:
Jesús muere, es sepultado, resucita de entre
los muertos y se sienta a la derecha del
Padre “una vez por todas” (Rm 6, 10; Hb 7,
27; 9, 12). Es un acontecimiento real,
sucedido en nuestra historia, pero
absolutamente singular: todos los demás
acontecimientos suceden una vez, y luego
pasan y son absorbidos por el pasado. El
misterio pascual de Cristo, por el
contrario, no puede permanecer solamente en
el pasado, pues por su muerte destruyó a
la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo
que hizo y padeció por los hombres
participa de la eternidad divina y domina
así todos los tiempos y en ellos se mantiene
permanentemente presente. El
acontecimiento de la Cruz y de la
Resurrección permanece y atrae todo
hacia la Vida”.
Comenzemos con la presencia metahistórica
del acontecimiento de la muerte de Jesús
“in fieri” en la Cruz, en el momento
de entregar su espíritu al Padre
–consumación y recapitulación de todos los
misterios de la vida redentora de Cristo–,
que hace posible su presencialización
sacramental en el sacrificio eucarístico,
de cuyo valor propiciatorio deriva toda la
vida sobrenatural que el Espíritu Santo
–como fruto redentivo de la Cruz de Cristo–
derrama sobre el mundo para reconciliarlo
con Dios (con la cooperación de la Iglesia,
su Esposa).
En el momento mismo de su muerte en la Cruz
salvadora comenzó la plena glorificación de
la humanidad de Cristo en su alma –en el
instante mismo de la separación del cuerpo–,
ya antes de la Resurrección. No porque el
alma de Jesús no gozara antes de la visión
inmediata de la divinidad[15],
como afirman algunos autores, sino porque al
separarse del cuerpo pasible –en el momento
de la muerte "in fieri"–, cuando "inclinato
capite tradidit spiritum",
entró su
humanidad íntegramente en la gloria
de su plena semejanza divina. Estaba
como “retenida” en el ápice de su espíritu,
aquella plenitud de gracia consumada en
visión que irá progresivamente penetrándola
hasta invadir de modo plenario la integridad
de su Humanidad, en la hora de la
glorificación del Hijo del hombre (Jn
12,23), en la que atrae todo hacia si por
obra del Espíritu.
“Nondum erat Spiritus datus quoniam nondum
erat glorificatus” (Jn 7, 39. Cfr. Heb 5,
9).
No fue la violencia
padecida la que causó la separación del alma
y del cuerpo de Jesús (Jesús murió antes de
lo que esperaban sus verdugos). "Por eso me
ama el Padre, porque doy mi vida para
tomarla de nuevo; nadie me la quita sino que
yo la doy libremente... este es el mandato
que he recibido de mi Padre" (Io. 10,17).
Fue el amor, en su supremo grado, el que le
hizo morir en un acto de supremo sacrificio
por el que se somete voluntariamente al
mandato de su Padre en un acto de perfecta
obediencia libérrima[16].
El Verbo divino actuando por la
instrumentalidad de su libre voluntad humana
quiso el sacrificio supremo: que fuesen
separados el cuerpo y el alma con la
consiguiente privación de la vida humana,
por la más total y terrible ruptura que
pueda sufrir nuestra naturaleza. Y este
holocausto, el mayor que cabe, lo quiso por
amor a su Padre y a los hombres. En este
momento la caridad de Cristo que era todavía
"viator" franqueó el abismo que separaba lo
finito de lo infinito, en un grado de
perfección suprema e insuperable, que
corresponde a la caridad que poseía como
"comprehensor", en el paraíso de su alma;
más allá de la serie infinita de grados de
perfección creciente ("crecía en edad,
sabiduría y gracia")[17].
Cuando, inclinando la cabeza, entregó su
espíritu, (Jn 19,30), entró por sus
padecimientos, en su gloria (Cf. Lc
26,27) de manera plena: consumado, quedó
constituído, como nuevo Adán, Cabeza de la
nueva humanidad de "hijos de Dios dispersos
por el pecado” (Jn 11,52), y como causa
salutis aeternae (Cf Heb 5,9),
para cuantos la invocan con fe, atraídos (Jn
12,32) por la gracia del Espíritu que
conquista para nosotros desde la Cruz
salvadora. Aquel acto de caridad infinita
por el que entregó su espíritu a su Padre
–provocándole el estado de muerte, por
separación del cuerpo (el cadáver fue
sepultado) del alma glorificada que
descendió a los infiernos– aquel acto,
repito, entró a participar de la
eternidad participada propia de la gloria y
alcanza –en su virtud– “praesentialiter”
toda la historia de la salvación. La sombra
salvífica de la Cruz gloriosa abarca así a
todos los hombres de todos los tiempos.
En cuanto a la presencia
metahistórica del hecho mismo de la
Resurrección in fieri, no puede
entenderse, obviamente, como una permanencia
in aeternum del tránsito de muerte a
vida, porque el estado de muerte –a
diferencia de su muerte in fieri,
como acto de amor obediente, en el sentido
explicado–, respecto al cuerpo del Señor, es
sólo pasado y no ha penetrado, en sí mismo,
en la eternidad. En cambio, sí es permanente
–eterno por participación– el surgir de la
nueva vida inmortal de Cristo (merecido por
su amor obediente hasta la la muerte de
cruz, Fil 2, 8–9).
Esto, quizá, explica
–según F. Ocáriz– por qué Santo Tomás afirma
que la causa eficiente de nuestra futura
resurrección será Cristo resucitado, y otras
veces que será Cristo resucitando.
Misteriosamente, los dos conceptos de algún
modo coinciden[18].
He aquí porqué el resurgir de Cristo a una
novedad de vida, es –en unión
indisoluble con su muerte “in fieri”,
libremente aceptada con la que forma un
único misterio pascual–, el “día en el que
actuó el Señor”; pues en él convergen y se
recapitulan todos los instantes de la
existencia redentora de Cristo, que lo
anunciaban y anticipaban; y domina todos los
tiempos con una permanente presencia: que
atraviesa, como un eje, la historia humana
para librarla del poder de las tinieblas. La
irradiación salvífica del misterio pascual
atraviesa la historia desde alfa hasta el
omega. Es, verdaderamente, el centro del
misterio del tiempo, que prefigura el última
día cuando Cristo vuelva glorioso a entregar
su Reino al Padre. (Cfr. Tertio Milenio
ineunte, 35).
II.
CRISTO VENIDO EN LA
CARNE, MUERTO Y RESUCITADO, DOGMA
FUNDAMENTAL DE LA REVELACIÓN DIVINA EN EL
QUE CONVERGEN TODOS LOS MISTERIOS DEL
CRISTIANISMO, Y RECAPITULA LA HISTORIA
ENTERA DE LA SALVACIÓN[19].
Veamos a continuación cómo –en su acontecer
histórico y en su presencialidad
metahistórica– el misterio pascual es la
culminación y acreditación suprema de la
Revelación.
Y cómo abarca, recapitulándola, toda la historia humana,
en virtud de la eternidad participada, que
le hace salvíficamente presente a lo
largo del tiempo y del espacio hasta la
Parusía; construyendo en la historia el
Reino de Dios
hasta su consumación en la Parusía. Antes de
Cristo venido, por anticipación del misterio
Pascual. Después, por derivación, en y a
través de la actividad salvífica de la
Iglesia
La sombra de la Cruz gloriosa del Mesías
triunfador de la muerte –la schekinah,
manifestada a veces en la gloria de la nube
luminosa en la teofanías del Antiguo
Testamento (cfr. CEC 697)– es la irradiación
de la Pascua del Señor, que se proyecta
salvíficamente desde las puertas del paraíso
perdido, en virtud de la espera confiada
–más o menos explícita– en la salvación
mesiánica. Sólo después de Cristo venido
desplegará su pleno “poder según el Espíritu
de santificación por la resurrección de
entre los muertos” (Rom 1, 4), desde
Pentecostés, por el ministerio de la
Iglesia, cuya fuente y culminación es su
vida litúrgica que tiene su centro y raíz en
el Sacrificio eucarístico.
Su ascensión y entronización a la derecha
del Padre “le constituye en los cielos Dios
y Señor en plenitud de poder, enviando desde
allí los dones divinos del Espíritu a los
hombres” (cfr. S. Th. III, 57, 6), en orden
al establecimiento de su reino mesiánico,
que implanta progresivamente su señorío
universal, en y a través del misterio de la
Iglesia –que vive de la Eucaristía, raíz y
centro de su actividad–, como instrumento de
la progresiva dilatación del Reino de Dios
hasta su plenitud escatológica en la
Parusía.
1/ La resurrección, plenitud de la
revelación y su acreditación suprema.
«La resurrección de Cristo está
estrechamente unida con el misterio de la
Encarnación del Hijo de Dios: es su
cumplimiento, según el eterno designio de
Dios. Más aún, es la coronación suprema de
todo lo que Jesús manifestó y realizó en
toda su vida, desde el nacimiento a la
pasión y muerte, con sus obras, prodigios,
magisterio, ejemplo de una vida perfecta, y
sobre todo con su transfiguración. El nunca
reveló de un modo directo la gloria que
había recibido del Padre antes que el
mundo fuese (Jn 17, 5), sino que
ocultaba esta gloria con su humanidad,
hasta que se despojó definitivamente (cfr.
Flp 2, 7–8) con la muerte en la cruz.
En la resurrección se reveló el hecho de que
en Cristo reside toda la plenitud de la
Divinidad corporalmente (Col 2, 9; cfr. 1,
19). Así, la resurrección completa la
manifestación del contenido de la
Encarnación. Por eso, podemos decir que es
también la plenitud de la Revelación. Por lo
tanto, ella está en el centro de la fe
cristiana y de la predicación de la Iglesia».
(JUAN PABLO II, “Audiencia general”,
8–III–1989, 9).
Es como
"la clave de bóveda de todo el edificio de
la revelación (...). Toda la predicación de
la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, o
a través de los siglos y de todas las
generaciones , hasta hoy, se refiere a la
resurrección, y saca de ella fuerza
impulsora y persuasiva, así como todo su
vigor" (JUAN PABLO II, Ibid).
La resurrección de
Jesucristo es, pues, al mismo tiempo punto
culminante de la historia de la salvación
y, por tanto, objeto central de la fe,
que implica –como clave de bóveda y
coronación de todo el edificio de la
revelación– todos los misterios revelados; y
su acreditación
como motivo supremo de credibilidad de la
misma. Todos
los otros signos de credibilidad –milagros y
profecías– convergen en el "signo de Jonás.
Son "gestos", "prefiguraciones", o
"anuncios" que anticipan la resurrección del
Señor de entre los muertos y convergen en
ella, como interpreta Jesús la ley y los
profetas en su conversación con los
discípulos de Emaús.
La resurrección es, por ello,
el fundamento de la fe cristiana: la
confirmación de todo lo que el Señor había
"hecho y enseñado" y de su propia
divinidad; de que era verdad, lo que había
afirmado: "antes de que Abraham existiera,
Yo soy" (Jn 8, 58). Yo soy: YHWH, el Hijo de
Dios.
Como acreditación suprema de la fe, está
conectada con una serie de signos históricos
atestiguados por el Nuevo Testamento,
tales como la muerte de Jesús, la situación
de los discípulos, la sepultura, el sepulcro
vacío, el primer anuncio a las mujeres, las
apariciones, la comunidad reunida, germen de
la Iglesia (nacida “quasi in occulto” del
costado abierto de Cristo, y manifestada
como tal en Pentecostés), la primera
predicación apostólica[20].
2/ El misterio Pascual centro y
recapitulación de la historia del mundo.
La Encarnación del Verbo por obra del Espíritu (las dos
manos del Padre) es para S. Ireneo la ley de
la historia de la Salvación en su integridad. Esta es concebida por él como un progresivo
acercamiento de Dios al hombre en el
Espíritu por el Verbo, y del hombre a Dios
en el Verbo por el Espíritu, en una
proximidad que alcanza su vértcie y
perfección en el Hombre–Dios y se actúa
desde el principio por anticipación del
misterio pascual. En realidad, comienza con
la creación ordenada a esta finalidad.
"La resurrección de Cristo es el mayor
evento en la historia de la salvación y, más
aún, podemos decir que en al historia de la
humanidad, puesto que da sentido definitivo
al mundo. Todo el mundo gira en torno a
la Cruz, pero la cruz sólo alcanza en la
resurrección su pleno significado de evento
salvífico. Cruz y resurrección forman
el único misterio pascual, en el que tiene
su centro la historia del mundo. Por
eso, la Pascua es la solemnidad mayor de la
Iglesia: ésta celebra y renueva cada año
este evento, cargado de todos los anuncios
del Antiguo Testamento, comenzando por el
Protoevangelio de la redención, y de todas
las esperanzas y las expectativas
escatológicas que se proyectan hacia la
«plenitud del tiempo», que se llevó a cabo
cuando el reino de Dios entró
definitivamente en la historia del hombre
y en el orden universal de salvación" (JUAN
PABLO II, Audiencia general 22–II–89).
No se entendería toda
la riqueza de la resurrección de Cristo si
se la viese como un hecho aislado, que de
repente acontece de un modo singular. Sólo
en el conjunto de la intervención salvífica
de Dios en la historia se comprende
plenamente su sentido.
Esta historia de la salvación humana,
comenzada en la creación, prefigurada en el
Protoevangelio, puesta en acción de modo
singular con Abraham y la promesa, realizada
en figura con la liberación de Egipto y la
Alianza, fue anunciada proféticamente como
salvación mesiánica y Alianza segunda y
definitiva con al efusión del Espíritu Santo
y con la promesa de vida y resurrección. La
historia de la salvación desemboca en
Cristo. Todo culmina en su muerte redentora
y en su gloriosa resurrección, ascensión, y
envío del Espíritu –la Pascua del Señor–
como inauguración de la victoria sobre la
muerte y el pecado[21].
Es más, los hechos de la vida de Cristo
son la continuación, de forma más
perfecta y definitiva, de las grandes
obras de Dios en el Antiguo Testamento,
que atestiguan la virtualidad salvífica de
los primeros, al paso que disponen a la
humanidad caída a su advenimiento. Antiguo y
Nuevo Testamento son las etapas sucesivas
de un mismo designio de Dios en las
cuales se manifiestan “las mismas
costumbres” de Dios –según la antigua
tradición patrística que se remonta a San
Ireneo–, se hacen presentes el Verbo y el
Espíritu con perceptibilidad históricamente
discernible (a la luz –por supuesto– del
Nuevo Testamento) (22).
La profecía nos muestra en los
acontecimientos mesiánicos escatológicos la
continuación de las grandes
obras de Dios en el Antiguo Testamento
que los prefiguran tipológicamente.
Hechos y palabras proféticas en unidad
estructural significan y contienen el
misterio de la salvación del hombre por
la autocomunicación de Dios por el
Verbo en el Espíritu. No otra es la
esencia de la divina Revelación (Cfr DV, 2).
A esta
luz, la Encarnación del Verbo no se nos
aparece como un acontecimiento inusitado,
sino como la consumación de un designio que
alienta desde los orígenes de la historia,
ya que desde estos, se manifiesta un Dios
que interviene salvíficamente en la historia
humana. (Cfr. DV 3; CEC, 410).
Y la Encarnación redentora cuya
consumación es la Pascua del Señor
será su suprema intervención escatológica,
en un proceso que concluye con la
recapitulación en el Cristo
total,
de cuantos hayan
abierto su corazón al don del Espíritu, en
un universo transfigurado[22].
Después de la venida de Cristo a la historia
no es un más allá de Cristo en el sentido de
un rebasamiento. Cristo resucitado es el
centro de esa historia. Ésta
constituye únicamente el desenvolvimiento en
la humanidad entera –y en el cosmos– de lo
que primero fue consumado en Él con los
acontecimientos pascuales. En este
sentido, Cristo, fin de la historia, es
también centro de la historia, en la
medida en que todo lo que le precede, desde
las puertas del Paraíso prepara su venida
–con la fuerza de su Espíritu que irradia
desde el misterio pascual– y todo lo que le
sigue emana de Él; estableciendo
progresivamente su Reino, que “echa fuera”
al prícipe de este mundo (cfr. Jn 12,
31), por anticipación o derivación, a lo
largo de la historia de la salvación, que es
una lucha dramática de la descendencia de la
mujer con la antigua serpiente y las fuerzas
del mal.
Cristo vino, enviado por su Padre con
la fuerza del Espíritu, a “destruir las
obras del diablo” (Jn 3, 8), para
arrebatarnos de su poder tiránico y
conducirnos al Reino del Hijo de su amor
(cfr.
Col 11 13). La dura batalla contra
los poderes de las tinieblas, en un mundo
que yace tras la caída, “bajo el poder del
maligno” (1 Jn 5, 19), no concluirá
hasta el último día (GS 37b). Pero Cristo ha
vencido al maligno. La victoria en el
combate, que concluirá al fin de la historia
con el triunfo del Cordero (cfr. Ap
20 y 21), se va haciendo efectiva con el
concurso de su libertad en aquellos hombres
–uno a uno– que aceptan el don salvífico de
Dios en Jesucristo, hasta que se complete el
número de los elegidos en el Reino consumado
en la Parusía del Señor que lo entrega al
Padre una vez puestos sus enemigos debajo de
sus pies (cfr.. 1Cor, 15, 26).
La
autocomunicación salvífica de la Trinidad en
Jesucristo glorioso –triunfador de la
muerte, y del príncipe de este mundo (Jn,
12, 31) en el misterio pascual– se realiza
procesualmente con el doble movimiento de
la alianza salvífica de Dios con el hombre,
cuyas fases previas (Noé, Abraham, Moisés)
preparan la nueva y definitiva alianza en la
Sangre de Cristo: descendente (don
del esposo) y ascendente (don de la
esposa)[23].
a. El primero –descendente, que se cumple por gracias de
mediación– coincide con la doble
misión visible del Verbo y del Espíritu
que culmina en la Encarnación a lo
largo de toda la existencia histórica
redentora de Jesús hasta su consumación
en Pascua y Pentecostés, y continúa
sacramentalmente presente en la Iglesia
como comunidad sacerdotal orgánicamente
estructurada (LG 11). Pertenece al orden –descendente–
de la redención adquisitiva como
oferta de salvación a la libertad humana.
Comienza a realizarse de modo dispositivo
–incoativo– por irradiación del misterio
Pascual, que actúa por anticipación en el
nunc de la eternidad participada en que
entró su humanidad glorificada,
muriendo y resucitando a una vida nueva,
desde las puertas del Paraíso, como
anuncia el Protoevangelio; si bien
adquiere perceptibilidad histórica
discernible a partir de la vocación de
Abraham, especialmente en las teofanías,
en el arca de la alianza, y en los
personajes elegidos –guías y conductores del
pueblo, profetas, sabios, sacerdotes– que
prefiguran e incoan la presencia visible
salvífica del Verbo encarnado –en el
Espíritu–, Mediador –sacerdote, profeta y
rey– "nondum incarnatum, sed incarnandum",
antes de la plena misión visible del Verbo y
del Espíritu en la Encarnación y en
Pentecostés.
b. El
segundo –de retorno, que se cumple
por gracias de santificación, que
requieren la libre cooperación humana, cuyo
ejemplar trascendente es el “fiat” de
la Virgen de Nazareth (Lc 1, 38), y el “ecce
venio” (Heb 10, 7) de la humanidad del
Verbo encarnado– es obra de las
misiones invisibles del Espíritu y del
Verbo que recapitulan progresivamente bajo
Cristo como nueva Cabeza de la humanidad
caída y por El redimida –como nuevo Adán–
constituyéndole “en pueblo de conquista”
(1 Pe 2, 9) de Dios Padre –que establece el
Reino mesiánico– con el concurso de la
libertad humana. Pertenece al orden –ascendente–
de la redención subjetiva de retorno
salvífico al Padre por la gracia
justificante.
“Consumada la obra que el Padre
confió al Hijo en la tierra (cf. Jn 17,
4) –en la Pascua del Señor–,
fue envíado el Espíritu Santo en el día de
Pentecostés para que indeficientemente
santificara a a Iglesia, y de esta forma
los que creen en Cristo pudieran acercarse
al Padre en un mismo Espíritu” (cf. Ef
2, 18) (LG 4a). La misión visible del
Espíritu en Pentecostés, es la manifestación
sensible de su misión invisible a lo largo
de toda la historia salvífica –siempre
conjunta e inseparable de la del Verbo–, que
inhabitan –con el Padre que los envía, en la
unidad de la "perikoresis"
trinitaria– en los corazones que libremente
acojan el Don salvífico ofrecido a la
descendencia entera de Adán, de todas la
etnias, lenguas y épocas (de muy diversas
formas –algunas conocidas sólo por Dios–).
Es el proceso ascendente de la
redención aplicada o subjetiva de los
hombres –uno a uno– que redunda en el cosmos
de manera oculta (en virtud de las
semillas y primicias del Espíritu) como
don de la Pascua del Señor, hasta
su plena consumación en los nuevos cielos y
nueva tierra del Universo transfigurado
haciéndoles partícipes de la plenitud de
gracia capital de la humanidad de Cristo.
Este proceso ascendente de retorno al Padre
en la unidad del Cristo total, abarca la
historia entera, desde las puertas del
Paraíso perdido, hasta el Reino consumado
metahistórico de la Jerusalén celestial,
que es historia salvífica: la historia de la
progresiva formación del Cristo total por la
irradiación del misterio Pascual –por
anticipación (en virtud de la confíada
espera en la promesa mesiánica más o menos
explícita, que abre caminos de salvación
sólo a Dios conocidos) si es antes de Cristo
venido; o, a partir de su venida, por
derivación (mediante el misterio
eucarístico, “que hace la Iglesia”)– hasta
la recapitulación de todo en Cristo, cuando
Dios sea todo en todo, desde el justo Abel
hasta el último de los elegidos.
3/. La inversión kenótica
trinitaria en el misterio pascual.
Entre las dos misiones invisibles del Verbo y
del Espíritu, (movimiento de retorno al
Padre, propio de la redención subjetiva
o aplicada a cada hombre por obra del
Espíritu como fruto de la Cruz) existe un
orden inverso al de las procesiones eternas
y al de las misiones visibles de la
redención adquisitiva, como oferta de
salvación (presente de modo sacramental en
la Iglesia en virtud de las gracias de
mediación). Es la llamada por Von Balthasar
inversión kenótica trinitaria[24],
inaugurada en el misterio Pascual, que
marca el tránsito del estado
kenótico del merecimiento de la
existencia histórica de Jesús hasta hasta su
muerte, a su glorificación: su
constitución en poder según el Espíritu de
santificación por la resurrección de entre
los muertos (Rom 1, 4).
Ambas misiones, siempre conjuntas e
inseparables, se dan –como apuntábamos–
según el doble movimiento, descendente y
ascendente, de la alianza: don salvífico de Dios, y libre respuesta del
hombre. El movimiento de Dios hacia el
hombre es descendente, porque pasando
por medio de Cristo alcanza su objetivo en
el Espíritu, que se derrama salvíficamente
en la humanidad –por anticipación o
derivación– en la hora de la
glorificación el Hijo del hombre que
inaugura el misterio Pascual, como fruto de
la Cruz.
Comienza comunicando gracias de
mediación ofrecidas a la libertad
humana. En su retorno a Dios el hombre es
conducido por una dinámica inversa,
en un movimiento ascendente: viviendo por
la actuación santificadora del Espíritu
él se eleva con su libre cooperación,
participada por la Filiación natural del
Verbo encarnado –en la espera confiada del
Mesías prometido, antes de su venida al
mundo– en el que tiene
acceso al Padre. Comenzemos por esta
segunda.
La introducción en la Santísima Trinidad
como hijos de Dios Padre en el Hijo,
se realiza –como hemos
dicho– por el envío (misión invisible) de
Espíritu Santo a nuestro espíritu[25],
que –por la caridad– que derrama el Espíritu
como fruto y culminación de la Pascua nos
hace partícipes de la Filiación propia del
Vebo, el Unigénito del Padre.
Que somos hijos de Dios por el
Espíritu Santo, no significa que el
Paráclito sea causa eficiente de la
filiación adoptiva (la causa eficiente es
Dios Uno y Trino), sino que somos
introducidos en la vida intratrinitaria como
hijos en el Hijo por la
participación–comunión en el Espíritu Santo,
por la caridad.
La irrenunciable premisa de la unidad de la
operaciones ad extra de Dios,
exige afirmar que es la Santísima Trinidad
quien comunica ad extra la naturaleza
divina, adoptándonos como hijos. Pero
esta acción “ad extra”, que es la
elevación sobrenatural, tiene un término
“ad intra” de Dios. Una
"introducción" en Él que "empieza" (no en
sentido temporal) a través de la unión,
por participación, con la Persona del
Espíritu Santo, que es la caridad;
unión que "plasma" en el espíritu finito la
participación (semejanza y unión) al Hijo,
por la cual en el Hijo se es hijo del
Padre.
De ahí la fórmula: “al Padre, en el Hijo,
por el Espíritu Santo”. Es decir, como
escribe Juan Pablo II, “Él mismo (el
Espíritu Santo), como amor, es el eterno don
increado. En Él se encuentra
la fuente y el principio de toda dádiva a
las criaturas” (...). Todo comienza por
el Don del Espíritu Santo y termina por el
cumplimiento de este Don, en la gloria”[26].
Pero sin olvidar que la donación del
Espíritu que inicia –y lleva a su
consumación– este camino ascendente
de retorno a Dios de la humanidad es, en la
actual economía de la naturaleza caída y
redimida, el fruto de la misión visible
del Hijo –la Encarnación redentora–, que
culmina en la cruz salvadora
de la Pascua del Señor.
De ahí la
fórmula “del Padre “por el Hijo” en el
Espíritu Santo”, inversa a
la del párrafo anterior. Significa que hemos
sido hechos hijos de Dios por la
mediación de Jesucristo y de su
acción salvífica en la misión visible de la
Encarnación redentora –en el estado
kenótico de la existencia de Cristo–, que
culmina en la Pascua del Señor,
(virtualmente anticipada a título
dispositivo en la Antigua Alianza, y
sacramentalmente presente en la Iglesia)[27].
Cristo glorioso nos envía –como fruto de la
cruz– su Espíritu, que nos hace cristiformes
(Cfr. Rom. 8). En el Espíritu Santo,
pues nos entrega –en la Misión visible de
Pentecostés– consumación del misterio
Pascual en el que culmina la redención
objetiva o adquisitiva– el mismo
Espíritu que El ha recibido del Padre y de
cuya plenitud pascual (gratia capitis)
nos hace partícipes en la elevación
sobrenatural por la “tractio” de
la Pascua del Señor (cfr Jn 12, 32),
presenzializada sacramentalmente en el
Sacrificio Eucarístico –centro y raíz de
la vida cristiana–; y esta participación es
la caridad, que plasma en cuantos
aceptan el don de Dios, cooperando
libremente con Él, la participación en la
Filiación del Verbo: “filii in Filio”,
que retornan al Padre arrastrando consigo el
cosmos irracional, al que está el hombre
íntimamente vinculado (LG 51). También la
creación visible será liberada de la
servidumbre de la corrupción para participar
en la la libertad de la gloria de los hijos
de Dios (cfr. Rom 8, 20).
“En el instante supremo –el tiempo se une
con la eternidad– del Santo Sacrificio de la
Misa. Jesús, con gesto de sacerdote eterno,
atrae hacia sí todos las cosas, para
colocarlas, divino afflante Spiritu,
con el soplo del Espíritu Santo, en la
presencia de Dios Padre[28].
III. DIMENSIÓN ECLESIAL DE LA IRRADIACÓN
SALVÍFICA DEL MISTERIO PASCUAL EN LOS
HOMBRES DE TODOS LOS TIEMPOS, ETNIAS Y
TRADICIONES RELIGIOSAS.
La teología de las religiones, tomando como
base la universalidad de la acción del
Espíritu Santo que irradia del misterio
pascual, reconoce en ellas la presencia
del Espíritu de Cristo, único Salvador.
Precisamos aquí que esta afirmación es
coherente, en primer lugar, con la doctrina
conciliar de que hay elementos de “verdad” y
de “gracia” en las religiones. En las
tradiciones religiosas no cristianas existen
“cosas verdaderas y buenas” (OT 16), “cosas
preciosas, religiosas y humanas” (GS 92),
“gérmenes de contemplación” (AG 18), y
“elementos de verdad y de gracia” (AG 9),
“semillas del Verbo” (AG 11, 15), “rayos de
la verdad que ilumina a todos los hombres”
(NA 2). Debemos reconocer que suscitando y
alentando estos valores positivos y lo que
hay de gracia en las religiones está el
mismo Espíritu de Dios.
Las religiones extrabíblicas son fruto del
esfuerzo humano por responder a las
preguntas fundamentales del hombre. Pero ese
movimiento de la natualeza humana hacia
Dios, está impulsado por Él no sólo en
cuanto creador, sino también como redentor;
es decir, por la gracia que irradia el
misterio pascual –por anticipación o
derivación– que alcanza a todos los hombres
de todos los tiempos y etnias. “No sólo es
un movimiento provocado por el deseo de
encontrar un sentido último, sino que es
Dios mismo, quien actuando (con su gracia)
en la creación y en la conciencia humana,
lleva al hombre a una respuesta. En este
sentido no hay ninguna religión que sea
meramente natural”[29].
Esta acción del Espíritu en las religiones
está siempre en relación de dependencia con
Jesucristo. El Espíritu no revela nada
de sí mismo, sino que todo lo hace en
relación al Verbo. (Es la misión conjunta e
inseparable del Verbo y del Espíritu –las
dos manos del Padre– en la historia de la
salvación). Por ello, la acción del Espíritu
en las religiones se dirige especialmente a
sembrar semillas del Verbo en sus creencias
y ritos. El Espíritu, que preparó a la
humanidad para la venida de Cristo y que
hizo posible la encarnación del Verbo, sigue
sembrando sus semillas y manifestando el
Logos de Dios en las religiones como una
preparación para el encuentro con Cristo.
El Espíritu Santo es, según Juan Pablo II,
“Aquél que construye el reino de Dios en el
curso de la historia y prepara su plena
manifestación en Jesucristo, animando a los
hombres en su corazón y haciendo germinar
dentro de la vivencia humana las semillas de
la salvación definitiva que se dará al final
de los tiempos[30].
Este misterio de la salvación alcanza a
muchos hombres y mujeres “en el modo en que
Él conoce” (modo Deo cognito; GS 22),
“por vías que sólo Dios conoce” (viis
sibi notis; AG 7) mediante la acción
invisible del Espíritu de Cristo.
La encíclica Redemptoris missio subraya la obligación
moral de todo hombre de buscar la verdad
sobre todo la que se refiere a la religión,
así como la de adherirse a la verdad
conocida y ordenar su vida conforme a ella,
tal como señala el Concilio Vaticano II en
la declaración Dignitatis humanae.
Pero, “es evidente que, tanto hoy como en el
pasado, muchos hombres no tienen la
posibilidad[31]
de conocer o aceptar la revelación del
Evangelio y de entrar en la Iglesia (...).
Para ellos la salvación de Cristo es
accesible en virtud de la gracia que, aun
teniendo una misteriosa relación con la
Iglesia, no les introduce formalmente en
ella, sino que los ilumina de manera
adecuada a su situación interior y
ambiental. Esta gracia proviene de
Cristo; es fruto de su sacrificio y es
comunicada por el Espíritu Santo: ella
permite a cada uno llegar a la salvación
mediante su libre colaboración” (R.M. n.
10).
“Se trata –dice Juan Pablo II– de una
relación misteriosa: misteriosa para quienes
la reciben, porque no conocen la Iglesia y,
más aún, porque a veces la rechazan
externamente; y misteriosa también en sí
misma, porque está vinculada al misterio
salvífico de la gracia, que implica una
referencia esencial a la Iglesia fundada por
el Salvador. La gracia salvífica, para
actuar, requiere una adhesión, una
cooperación... Al menos implícitamente, esa
adhesión está orientada hacia Cristo y la
Iglesia. Por eso se puede afirmar también
sine Ecclesia nulla salus: la adhesión a
la Iglesia –Cuerpo místico de Cristo– que
aunque sea implícita y, precisamente,
misteriosa, es condición esencial para
la salvación. Las religiones pueden ejercer
una influencia positiva en el destino de
quienes las profesan y siguen sus
indicaciones con sinceridad de espíritu.
Pero si la acción decisiva para la salvación
es obra de Espíritu Santo, debemos tener
presente que el hombre recibe sólo de
Cristo, mediante el Espíritu Santo, su
salvación... De aquí la importacia del papel
indispensable de la Iglesia”, que “no existe
ni trabaja para sí misma, sino que está al
servicio de una humanidad llamada a la
filiación divina en Cristo”. Y sigue
afirmando Juan Pablo II, “quien no conoce a
Cristo, auqnue no tenga culpa, se encuentra
en una situación de oscuridad y precariedad
espiritual, que a menudo también tiene
consecuencias negativas en el plano cultural
y moral. La acción misionera de la Iglesia
puede ofrecerle las condiciones para el
desarrollo pleno de la gracia salvadora de
Cristo, proponiéndole la adhesión plena y
consciente al mensaje de la fe y la
participación activa en la vida eclesial
mediante los sacramentos” (Audiencia General
31–V–1995. Ver en JUAN PABLO II, creo en
la Iglesia, ed. Palabra, 1998, 638–9).
He aquí un intento de explicación teológica
de esta misteriosa relación con la Iglesia
(que he desarrollado con amplitud en otros
escritos)[32].
La Iglesia Esposa de Cristo, nacida como
nueva Eva en el sueño de la muerte del nuevo
Adán en el trono triunfal de la Cruz, sólo
subsiste como una mística Persona –en
sentido propio– en la Iglesia católica
fundada en la firme roca de Pedro, en la
integridad de sus elementos constitutivos,
según la voluntad –"ius divinum"– de su
divino Fundador; pero subsiste en ella a
título de sacramento universal de
salvación, que irradia salvíficamente a
todos los hombres y arca de salvación,
que atrae a su seno materno, a aquellos
hombres de buena voluntad, en virtud de "los
elementos de Iglesia", que se encuentran más
allá de sus límites institucionales, ya sean
“medios de salvación” –Palabra y Sacramentos
presentes en tantas confesiones cristianas
(y partícipan por ello, de su plena
eclesialidad, más o menos según los casos),
que de ella derivan y a ella conducen– ya,
en cualquier caso, la salvación misma: la
gracia como "fructus salutis", que alcanza a
todos los hombres de buena voluntad, aunque
no hayan sido evangelizados[33].
Refiriéndose a religiones o grupos no
cristianos, J. Maritain califica los
elementos de verdad y de gracia (AG, 9)que
pueden facilitar una cierta apertura a la
irradiación salvífica sobrenatural de
Cristo, en y a través de la Iglesia, en una
gradación –más o menos– inspirada en los
textos del Vat. II., sobre la salvación de
los no–cristianos, con una terminología
sugerente que me agrada divulgar: –elementos
de Iglesia en sentido impropio (monoteístas
de ascendencia abrahámica, Israel en la
medida en que su interpretación de la ley y
los profetas no cierre sus caminos a su
plenitud en Cristo– y del Islam).–pre
elementos: (aludiendo a la mística natural
del Brahamanismo), –sombras: (en el
Budismo), –vestigios: (en determinadas
formulaciones de algunos huamnismos), y
–harapos de Iglesia (presentes en fenómenos
sociológicos de vaga religiosidad, que
buscan el sentido de la vida en el rechazo
de una siciedad materialista, tales como el
pintoresco mundo de los “hippies” de
aquellos años 60)[34].
La persona mística de la Iglesia, Esposa de
Cristo,
subsiste como un todo ontológicamente
autónomo, en un cuerpo visible orgánicamente
estructurado por "dones jerárquicos y
carismáticos" (LG, 4), animado por la
caridad a la que aquellos se ordenan. Con el
Cardenal Journet podemos llamar "alma
creada" de la Iglesia, la unidad orgánica de
todas las gracias de la Redención
–dispositiva o formalmente santificadores–
que derrama en la humanidad el Espíritu
Santo[35]
–su "Alma increada"– como fruto de la
Cruz –de la Pascua del Señor– con vistas a
la comunión salvífica con Dios que obra la
Caridad. Es el "fructus salutis", respecto
al cual todos los otros dones salvíficos son
medios ("charitas numquam excidit", 1 Cor
13,8).
Ahora bien: a diferencia de nuestra alma, el
"alma" creada de la Iglesia no es prisionera
del "cuerpo" institucional que ella informa.
Aunque inseparable de la institución de la
comunidad sacerdotal "organicamente
estructurada" en el triple vínculo
sacramental, magisterial, y de régimen– que
es el cuerpo que informa, se haya también en
una multitud de hijos dispersos, como un
semillero de estrellas en el mundo entero y
de todas las épocas que no pertenecen
visiblemente a ese cuerpo sino a otras
familias espirituales –otras religiones o
tradiciones religiosas– o quizás a ninguna
de ellas.
J.
Maritain observa justamente, que se dá
un número creciente de hombres tan
absorvidos por la barahunda de lo temporal
que no tienen la menor preocupación por una
familia espiritual cualquiera, o que no han
encontrado entre ellas ninguna significativa
en su búsqueda del sentido de su vida, pero
que desean en el supraconsciente de su
espíritu conocer la Verdad –en el
Fundamento, Causa del ser, en última
instancia– y lograr un estado de realización
feliz de su ser por todos los medios que
sean precisos, por desconocidos que sean.
Ese deseo –en acto en el supraconsciente del
espíritu– hace de todo hombre de buena
voluntad que no rechaze la gracia –que a
todos sin excepción alcanza, de la plenitud
de la gracia capital del Cristo muerto y
resucitado por la salvación de todos y cada
uno– un sujeto capaz de la gracia de
justificación que procede de Cristo[36].
Ahí donde se encuentra un hombre de buena
voluntad, abierto a la verdad y al bien,
y receptivo –como consecuencia– a las
divinas activaciones de la gracia, sea cual
fuere la familia religiosa a la que
pertenece, en la medida en que esa familia
religiosa mantenga abiertos los caminos de
la gracia de Dios, o –como antes
señalábamos– sin que pertenezca, quizás, a
ninguna, ahí está virtualmente presente
la irradiación pascual de la Persona de la
Iglesia, de manera invisible, como
sacramento universal de salvación[37].
Ahora bien, ahí donde opera la gracia, sea
dispositiva, sea formalmente santificadora,
más allá de los límites institucionales de
la Persona mística de la Iglesia, se hace
presente su alma creada, más allá de su
cuerpo. Pero como el alma es de suyo
arquitectónica, pues tiende de suyo a
informar al cuerpo para el que ha sido
creada, tiende "exigencialmente" a integrar
a los sujetos en los que actúa, "atrayéndolos"
a él en la progresiva configuración del
cuerpo entero, sin fracturas, en la unidad
subsistente de la totalidad personal, con
todos sus elementos constitutivos.
Arrastra por ello a sí a todo beneficiario
de la gracia, en la medida en que penetra en
su corazón, trasformándolo en hijo de
Dios, o disponiéndole a serlo eventualmente
en el futuro. Por eso está presente de
modo tendencial e invisible en ese cuerpo
visible en el que "subsiste" la Persona de
la Iglesia Esposa de Cristo. Lo atrae
a su seno materno, en el cual María ejerce
su materna mediación, como arca universal de
salvación. Está ahí presente, pues,
de modo invisible, en la Iglesia
visible. "Invisible a los ojos de todos y a
sus propios ojos; se halla en la casa del
Esposo como un amigo o un servidor ciego que
no puede ver los tesoros que contiene".
La Persona de la Iglesia es, pues –en
resumen–, "sacramento de salvación
universal"; y –como consecuencia– atrae
a sí a cuantos alcanza su influjo salvífico
maternal como "arca de salvación". Su
presencia virtual invisible en tantos
corazones, fuera de sus límites
institucionales, es el fundamento de la
presencia de estos –también invisible– en el
Corazón de la Mujer –en su seno materno
presente en el cuerpo visible de la Iglesia[38].
Por muy alta que sea la gracia de la que
eventualmente puede ser beneficiario un no
cristiano, no puede desplegar todas las
riquezas y exigencias que contiene, porque
como dice el Card. Journet, la gracia
cristiana es "de suyo" "sacramental" y
"orientada" (por la Palabra magisterial y
disciplinar del ministerio jerárquico), y
requiere por ello de ese doble cauce para su
pleno despliegue. Se ve entonces privado
de la superabundancia de activaciones de
verdad y de vida que recibiría de su plena
inserción orgánica en el cuerpo
institucional de la Iglesia[39].