DON QUIJOTE, HAMLET Y TURGUENIEV:

VISIONES DE LA LIBERTAD



Don Quijote:  un canto a la libertad. Una libertad sin justicia.  Hamlet: libertad de elegir y determinismo.
Hamlet es preferido a Don Quijote. Turgueniev: más Hamlet que Don Quijote.

 Por Antonio R. Rubio Plo *

Arvo Net, 02.06.2006
 

 Sumario

  • Don Quijote: una libertad sin justicia

  • Don Quijote: un canto a la libertad

  • Hamlet:  libertad de elegir y determinismo.

  • Hamlet es preferido a Don Quijote

  • Turgueniev: más Hamlet que Don Quijote

  

            Las celebraciones del cuarto centenario del Quijote me reforzaron en la idea de que la mejor conmemoración es releer la historia del hidalgo manchego y volver a encontrar esa sabiduría que tradicionalmente se atribuye a los clásicos. Pero hoy muchos están renunciando a buscar sabiduría en las grandes obras del pasado y prefieren, en cambio, lo puramente coyuntural: centrarse en la interpretación del texto, hacer una peculiar “lectura” del mismo hasta que sea compatible con lo que se considera políticamente correcto. Para ello, se recurre al estudio del contexto que rodea a la obra, al análisis de los ámbitos sociales o culturales en que se originó, lo que a la larga es la negación del tradicional concepto de “clásico”, aquello que se entendía como digno de imitación en literatura o arte. Aplicado al Quijote, quiere decir que es más importante el estudio de la cocina manchega de aquel momento y de los usos y costumbres de la vida rural del siglo XVII  que de todas las máximas que brotan de labios de Don Quijote. El estudioso posmoderno de nuestros días se centrará en su procedencia grecolatina o judeocristiana, pero se guardará de emitir un juicio sobre si las palabras del hidalgo encierran algún asomo de verdad, por no decir de sabiduría que no equivale, ni mucho menos, a erudición como algunos creen ¿Qué puede enseñarnos Don Quijote acerca de la vida? Nada, porque se supone que las reglas las traza el propio individuo, ansioso de pensar por sí mismo, pues le han enseñado que sólo así se alcanza la mayoría de edad. Lo malo es que quien le transmitió esa consigna, no le dijo también que había que pensar con fundamentos, que el corazón debe alimentarse de sólidas lecturas en las que lo menos importante es el contexto del autor o de la época. Por ejemplo, ¿qué puede enseñarnos Don Quijote sobre la libertad? Menos todavía, pues algunos creen que vivimos en una época en la que el ser humano está construyendo una libertad sin apenas límites, libertad que debería extenderse a escala universal para que no haya “excluidos”, adjetivo mágico y justificador de interesados discursos sociopolíticos.

 

Pese a todo, me resisto a creer que los clásicos literarios no contengan enseñanzas válidas para todos los tiempos, incluso para los actuales en que se ha intentado trazar una línea divisoria entre la enseñanza y la educación, de tal modo que los educadores apenas tengan nada que enseñar. Dispuesto a que me siguieran enseñando, acepté hace algún tiempo una invitación de la embajada rusa en Madrid para escuchar una singular conferencia sobre Don Quijote y su influencia en la literatura rusa. La conferencia tuvo lugar en la sala neoclásica de la embajada, que no desentonaría en absoluto con una estancia de un palacio de San Petersburgo de finales del siglo XVIII, cuando Rusia estaba regida por la mano férrea de Catalina II. No obstante, aquella  zarina no debía de ignorar las reglas del verdadero arte de gobernar que tienen bastante que ver con aquellos prudentes consejos dados por Don Quijote a Sancho antes de ser gobernador. De hecho, Catalina mandó traducir los consejos para su hijo Pablo, al que sus contemporáneos llamaron “el Quijote ruso”, aunque su quijotismo nada tenía que ver con los ideales, y sí con la extravagancia y la arbitrariedad. En su corto y trágico reinado, no parece, sin embargo, que el zar Pablo siguiera esas reglas insertadas en la tradición judeocristiana –“el temor de Dios es el principio de la sabiduría”-, o en la griega –“el conocimiento de uno mismo es el más difícil que uno se puede imaginar”, y que podemos leer en el capítulo XLII de la segunda parte de la obra de Cervantes.

 

            Estos pensamientos me venían a la mente al escuchar en la embajada rusa las magníficas intervenciones del agregado cultural, Mijail Grazinski, y del eslavista, Jesús García Gabaldón, en las que se demostraba cómo la cultura rusa había asimilado a Don Quijote, quedándose no sólo con la faceta de su comicidad sino también con la de sus ideales, expresados en clave mística e incluso revolucionaria, pues ésta última suele ser una mutación a ras de tierra de quienes aspiran a construir un utópico paraíso terrenal. Las intervenciones de los ponentes me sirvieron para recordar que Rusia no sólo se interesó por Cervantes sino también por Shakespeare,  y hasta hubo quien supo relacionar  personajes de ambos escritores, tal y como demuestra la conferencia pronunciada el 10 de enero de 1860 por el novelista Iván Turgueniev en torno a Hamlet y Don Quijote[1], ejemplos de dos actitudes bien diferentes ante la vida. Con posterioridad, he meditado más despacio sobre este texto para resaltar que las visiones opuestas de la vida corresponden también a diferentes percepciones sobre la libertad. 

 

            En esta exposición sobre la libertad en Don Quijote y Hamlet, he recurrido al texto, dejando al margen el contexto. En cambio, en las referencias a Turgueniev, importa bastante el contexto: la trayectoria vital del escritor que traza los paralelos de dos personajes universales. Como todos los paralelos, éstos no confluyen en lo puramente literario, pero sí pueden hacerlo en las vidas de los seres humanos.

 

Don Quijote: una libertad sin justicia

 

            Ha sido frecuente idealizar a Don Quijote y presentarlo como modelo de virtudes humanas y caballerescas. Muchos de sus discursos se nos antojan juiciosos, pero en realidad el personaje dista de ser ningún arquetipo desencarnado sino que se asemeja a un ser de carne y hueso con todas sus contradicciones. Cervantes se refiere a “las entremetidas razones de Don Quijote, ya discretas y ya disparatadas” (II, XVIII). Un personaje totalmente cuerdo no hubiera sido atractivo para el escritor, pues quizá hubiera carecido de ingenio o imaginación; y otro enteramente loco sólo despertaría irrisión, y en algunos casos lástima. Don Quijote es a la vez sensato y loco. Tomemos de él lo sensato y desechemos la locura que nace de la obstinación y que lleva a “desventuradas aventuras”, tal y como nos advierte Cervantes en el citado capítulo. Porque locura de Don Quijote es dar la libertad a los galeotes (I, XXII) que han sido juzgados y condenados por sus delitos. Estamos ante una visión de la libertad que no respeta las decisiones de la justicia humana, y que incluso implica un profundo escepticismo sobre ella. De ahí que el caballero no reflexione sobre las consecuencias de otorgar la libertad a unos delincuentes: éstos no sólo no le expresarán su agradecimiento sino que se alzarán violentamente contra él. Y sin embargo, desde un ejercicio de racionalismo optimista se ha difundido una tesis simplista y supuestamente tranquilizadora: el hombre es malvado y egoísta cuando se siente oprimido, pero se vuelve tierno y generoso cuando es libre. Las piedras que los galeotes arrojan sobre Don Quijote ponen en duda este postulado de lo que podría calificarse de bondadosidad.

 

Los argumentos que da Don Quijote, antes de atacar a los guardias que conducen a galeras a los presos, revelan toda clase de dudas sobre la justicia humana. Si hiciéramos una lectura en exégesis marxista, diríamos que el  Derecho sólo es una “superestructura”, la coartada de una sociedad injusta en la que se asientan la corrupción y la arbitrariedad: “Las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas de muy mala gana y muy contra vuestra voluntad: y que podría ser el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de dinero déste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición, y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades”. Don Quijote parece creer que no hay justicia sin libertad, y estaría en lo cierto, pues algunas ideas acerca de la justicia han conducido históricamente a los hombres por los senderos de la tiranía y la arbitrariedad. Sin embargo, hay que temer también a una libertad sin justicia, que llevaría a una inseguridad generalizada, en la que se multiplicarían por doquier la violencia y la coacción. La actitud del caballero es una insensatez, como él mismo y Sancho experimentan en su propia carne y en sus pertenencias, pues aunque la justicia humana dista mucho de ser perfecta, mucho peor es que el individuo trate de imponer su idea de la justicia, por muy altruistas y desinteresados que sean sus planteamientos. La lucha contra las injusticias no debe conllevar nuevas clases de injusticias. Es terrible que algunos den con  sus actitudes, aunque no siempre con sus palabras, una respuesta afirmativa a aquella requisitoria planteada por el jacobino Fouquier-Tinville a la multitud que contemplaba su llegada a la guillotina: ¿Será más barato el precio del pan cuándo mi cabeza caiga?[2] Y eso que Fouquier, acusador público en tantos juicios que llevaban aparejada una condena a muerte, no podía presumir de estar libre de culpa...

 

Son inquietantes las consecuencias de una libertad sin justicia, pues la libertad, esgrimida como estandarte de lucha, puede quedar reducida a un eslogan, a una mera instrumentalización de nobles aspiraciones del ser humano para conseguir parcelas de poder y proclamar desde ellas el supuesto advenimiento del reinado de la justicia universal. Llegamos así a una escatología terrenal que habla de una meta definitiva de la historia humana y sustituye la libertad, ejercicio de la racionalidad, por las prisiones del eterno presente del supuesto mundo perfecto y utópico en el que la felicidad queda elevada a la categoría de obligación. Existe el peligro, que muchos no advierten, que la libertad sin justicia desemboque en una “justicia” –aquí las comillas son obligatorias- sin libertad. Así lo presintieron en el pasado pensadores políticos, algunos casi desconocidos pero no por ello menos lúcidos, como aquel abogado francés llamado Maurice Joly, que se enfrentó a Napoleón III por medio de un imaginario Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu[3].

 

Acaso Turgueniev no acertara a vislumbrar esto, pues en su afán por la “occidentalización” de Rusia, estaba muy influenciado por esa filosofía determinista y mecanicista del siglo XIX que triunfaría en su país con la revolución de 1917. En su bienintencionado idealismo  no llegó a comprender que el quijotismo también puede desembocar en patéticas caricaturas. Los quijotes, que se sientan investidos de una superioridad moral, pueden convertirse en seres sectarios, implacables y fríos. Tal es el resultado de una sectarización de la bondad, un maniqueísmo que desemboca en el puritanismo de lo “políticamente correcto”. Lo peor de estos quijotes serán sus tonos “proféticos”, muy ajenos a la prudencia de los consejos del verdadero Alonso Quijano, y que les llevarán a guiarse sólo por su intuición, más que por unos valores firmes.  El resultado puede ser un híbrido de Hamlet y Don Quijote: la unión de la duda existencial con la acción. Cuando ambas se combinan, el resultado no desembocará en hechos sino en una retórica vacía de contenido.

 

Don Quijote: un canto a la libertad

 

Iván Turgueniev resalta una notable diferencia en la obra cervantina: “Es bien sabido que la importancia del personaje se agranda bajo la mano de su inmortal creador y que el Don Quijote de la segunda parte, el amable interlocutor de duques y duquesas, el sabio mentor de su escudero-gobernador, no es el mismo Don Quijote que aparece en la primera parte de la novela”[4]. Prueba de ello es que la segunda parte contiene en su capítulo LVIII, un apasionado alegato de nuestro caballero andante en favor de la libertad, un texto citado en muchas ocasiones, válido para el discurso de un jefe de Estado o de un académico, aunque también, por sus profundos alcances, para las lecciones de un filósofo o las enseñanzas de un teólogo. Estamos ante un Don Quijote cuerdo, que ha bebido en las fuentes de los buenos libros y de la propia experiencia: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar encubre; por la libertad,  así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. Expresa Don Quijote que la libertad es un distintivo del hombre, y dadas las convicciones cristianas del caballero, la atribuye a un don de los cielos, un regalo de Dios. Esta afirmación encierra en sí misma un testimonio de la dignidad humana, fundamentada en  un hombre hecho a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26). La condición de criatura implica una grandeza y al mismo tiempo una limitación, algo que también alcanza a la libertad. La libertad no va unida, por tanto, a un poder absoluto, pues un don recibido. Y es que la concepción de la libertad como un poder sin límites se vuelve contra el propio ser humano, pues rebaja la libertad al mero arbitrio, a la voluntad caprichosa de que lo que “puede hacerse, se hace”. Se rechaza distinguir entre la posibilidad física y la moral, y por tanto, siempre habrá otras personas que resultarán perjudicadas. Son aquéllas a las que nadie va  a pedir ningún  consentimiento, un curioso contraste con esos usos sociales y leyes que hacen hoy del consentimiento poco menos que la medida de todas las cosas.  Sin embargo, pensar racionalmente sobre las consecuencias de las propias acciones se convierte en algo molesto en el mundo actual, e incluso es percibido como una coacción a  la libertad humana. Dostoievski sería un profeta molesto tanto hoy como en la Rusia de su tiempo, sobre todo cuando se dirige a nosotros con esta requisitoria en muchos oídos sonaría despiadada: “¿Y acaso puede una persona fundar su felicidad sobre la desdicha de otra?”[5].

 

La libertad es para Don Quijote el mayor de los tesoros del ser humano, muy superior a cualquier riqueza material, a toda apetencia de poder. Sin embargo, a veces hay personas que sacrifican su libertad a todo eso, pues creen que riqueza y poder otorgan la posibilidad de comprarlo todo. Quien tiene más posibilidades de ese tipo, más libertad tendría supuestamente. Se olvida una vez más que el hombre es un ser limitado; hay muchas cosas que no puede elegir: su temperamento, su familia, su país,

su lengua... Todo aquello que no puede elegirse, tampoco puede comprarse. Con todo, alguien pensará que cada ser humano tiene su precio, mas esto implica creer que nadie es honrado, y a la vez suponer que vivimos en el terreno de la sospecha, un terreno que no es adecuado para el crecimiento de una planta frágil como es la libertad. La sencillez suele ser un buen antídoto contra la sospecha y Don Quijote, en opinión de Turgueniev, es todo un ejemplo de humildad: “Su corazón es humilde; su alma, grande y audaz. Su conmovedora devoción no restringe su libertad”[6] No es de los que ponen en duda el orden establecido en el momento en que le ha tocado vivir, pero eso no le convierte, como alguien pudiera creer, en un hombre subyugado: “Don Quijote siente un profundo respeto por las instituciones preexistentes: la religión, la monarquía, los duques; y al mismo tiempo es libre y reconoce la libertad de los otros”[7]. El caballero entiende bien que la libertad no depende exclusivamente de cómo sean las estructuras sociales sino que es consciente de que la libertad es un proceso interno, en el que el individuo ha de encaminar sus esfuerzos a ser libre, lo que supone su realización efectiva como hombre, y los obstáculos en ese camino serán tantos externos como internos. De ahí que la libertad en la visión del caballero implique también una voluntad del ánimo por estar desprendido de las ataduras materiales, por muy placenteras que sean en apariencia. Este desprendimiento, con el que se gana la libertad del espíritu, lo aprecia Don Quijote, una vez que ha salido de la vida regalada en el castillo de los duques: “Las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidoras son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”. No hay en estas palabras el consabido orgullo de no tener que agradecer nada a nadie. Antes bien, expresan una profunda convicción cristiana de confianza en la Providencia, lo que supone entender la vida y los bienes como un don de Dios, y entre esos bienes figura indiscutiblemente la libertad.

 

Señala asimismo Don Quijote que por la libertad vale la pena aventurar la vida. Una vida sin libertad reduce al hombre a la categoría de un animal enjaulado. Le niega el derecho a tener su propia historia, a edificar su futuro como persona. Pero cabe plantearse serias dudas cuando se recurre a la violencia en nombre de la libertad, lo que implica no sólo arriesgar la propia vida sino también las de otros. Detrás de la violencia, hay siempre una lucha por el poder, y ésta no es necesariamente un combate por la libertad. El test de la libertad se plantea a posteriori cuando el nuevo poder asume sus responsabilidades. De ahí que no toda lucha por la independencia desemboque en un régimen de libertad . Sin embargo, las cosas son muy diferentes cuando se llega al extremo de arriesgar la propia vida por alcanzar la libertad, como en tantos ejemplos de personas que se han enfrentado a los regímenes totalitarios del siglo XX.

 

Hamlet:  libertad de elegir y determinismo

 

            La angustia de Hamlet, que le lleva por el sendero del escepticismo, se contrapone al entusiasmo idealista de Don Quijote. Esa angustia es capaz de atravesar “los parapetos y valladares de la razón” (acto I, escena IV)[8], y le lleva a vivir en perpetua sospecha hacia quienes le rodean: “¡Bueno será apuntar que puede uno sonreír y sonreír, y ser un bellaco!” (acto I, escena V). Acaso Hamlet pudiera enfrentarse a la corrupción imperante en el reino de Dinamarca por medio de las clásicas virtudes aristotélicas, pero las virtudes necesitan siempre de un espíritu de determinación para ponerlas en práctica. En su famoso monólogo de “ser o no ser”, Hamlet sabe perfectamente que ha de tomar una decisión, pero lo malo es que la inacción, la pasividad figura entre sus opciones. Su libertad queda, por tanto, reducida a la pura elección, pues su espíritu angustiado le impide optar por la solución mejor desde un punto de vista moral. De ahí su angustiosa pregunta: “¿sufrir los dardos de la insultante fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades  y haciéndoles frente, acabar con ellas?” (acto II, escena I). Mas Hamlet carece de espirítu de determinación, y en consecuencia no es hombre que haga uso de la prudencia, la justicia, la fortaleza o la templanza, necesarias todas ellas para afrontar adversidades.

 

Como dice Turgueniev, este príncipe representa “el análisis, el egoísmo, y por tanto, la incredulidad. Sólo vive para sí mismo, es un egoísta; pero este egoísta ni siquiera puede creer en sí mismo; sólo puede creer en lo que está fuera de nosotros,  por encima de nosotros”[9] ¿Qué concepto puede tener, entonces, Hamlet acerca de la libertad? En realidad, ninguno definido porque su filosofía de la vida es determinista, ni siquiera creerá en la libertad de elegir porque ésta no es real sino aparente. Piensa que esa libertad, que en algunos sería útil para colmar ambiciones de poder o riquezas, forma parte de un sueño. De hecho, Hamlet asiente a estas palabras del cortesano Rosencrantz: “Sueños que en realidad no son más que ambición, puesto que el objeto mismo del ambicioso es solamente la sombra de un sueño” (acto II, escena I). Así pues, Shakespeare en 1601, fecha del estreno de Hamlet, se anticipa de alguna manera a la  mentalidad de un cierto Barroco: el mundo es una sucesión de fingimientos y apariencia, de teatralidad e hipocresía. En esta mentalidad, las convicciones religiosas empiezan a declinar, y poco a poco la figura del Dios providente empezará a ser sustituido por la de un Dios espectador que se limita a contemplar la representación del teatro del mundo. El deísmo de la Ilustración se divisa en el horizonte. Y es que cuando acaba la interpretación terrena, las máscaras se desvanecen. ¿No son las últimas palabras del Hamlet moribundo: “Lo demás es silencio”, (acto V, escena II)?  La libertad es, en este contexto, una ilusión, una apariencia. La inteligencia humana parece ser inútil; sería más sencillo dejarse llevar por la irracionalidad de las bestias, que sólo tienen que seguir sus instintos y no atormentarse por el dilema del bien y del mal. Vistas así las cosas, la conciencia, que está ligada a la dimensión moral de la libertad, resulta una acompañante incómoda: “La conciencia hace de todos nosotros unos cobardes; y así el motivo de una resolución se torna enfermizo bajo los pálidos toques del pensamiento, y por esta consideración, empresas de grande aliento e importancia, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acero” (acto II, escena I). La conciencia apenas puede iluminar a Hamlet porque está lastrada por la preocupación. Pensamiento y voluntad no van acompasados. Iván Turgueniev lo expresa con toda certeza: “Para actuar es necesaria la voluntad, para actuar es necesario el pensamiento; pero el pensamiento y la voluntad se han separado, y cada día que pasa se separan más...”[10].

 

Hamlet es preferido a Don Quijote

 

No es extraño que el irónico y dubitativo príncipe de Dinamarca resulte más atractivo en este mundo posmoderno que el caballero manchego. Se diría que el número de Hamlets supera ampliamente al de Quijotes, pues los escépticos confesos –y orgullosos de serlo- abundan más que quienes afirman que hay que defender unos ideales que consideran verdaderos y buenos. Hamlet resulta más cercano que un Don Quijote que nos habla de lealtad, verdad o justicia. Todo eso se antoja locura en el reino del relativismo, carente de otro entusiasmo que no sea el de anhelar las efímeras satisfacciones de un perpetuo presente. Por el contrario, se prefiere a Hamlets que frunzan el ceño y hablen con arrogancia, una actitud que sólo se explica desde ese escepticismo hamletiano que le hace vivir en una continua sospecha. Es paradójico que Hamlet guste en la época del igualitarismo, pues como señala Turgueniev: “Hamlet carece de valor para las masas; no les da nada, nunca podrá conducirlas, porque él mismo no va a ninguna parte. ¿Cómo puedes conducir a alguien cuándo no estás seguro de que haya tierra bajo tus pies? Además, los Hamlets desprecian a la multitud. Quién no se respeta a sí mismo, ¿cómo puede respetar a los demás?”[11]. Cuando se admira a Hamlet, no se buscan modelos sino justificaciones vitales. El igualitarismo nunca ha estado reñido con el individualismo... Por lo demás, hoy se le puede reprochar a Don Quijote el tener unos ideales definidos y buscar la verdad fuera de sí mismo; se le echará en cara también su alegría e ingenuidad, y en particular, su capacidad para el asombro, que es un modo de detectar dónde reside la verdadera juventud. Todo un contraste con Hamlet, pues, según Turgueniev, “no se enfrentará a molinos de viento, él no cree en gigantes; pero tampoco se lanzaría contra ellos en caso de que existieran”[12]. Tomar decisiones es útil para configurar el futuro; las indecisiones sólo sirven para prolongar un presente que no conduce a ningún camino. Sin embargo, éste es el marco en que vive el “hombre-presente” de nuestros días, en acertada expresión de Zaki Laïdi[13], y por eso le agradará más identificarse con Hamlet que con Don Quijote. Cuando no hay perspectiva futura, tampoco hay esperanza, pues el presente reducido a dimensión única se vive bajo el signo de la urgencia, es decir de la angustia.

 

Turgueniev: más Hamlet que Don Quijote

 

Para conocer la vida, la obra y la mentalidad del gran novelista Iván Turgueniev, el autor de Hamlet y Don Quijote, hay que recomendar un excelente ensayo de un eslavista español, Eduardo Zuñiga. Se trata de Las inciertas pasiones de Iván Turgueniev[14], que nos adentra en la personalidad de un hombre complejo; por un lado, un romántico, una especie de mendigo del amor pero que rehuye en todo momento el compromiso de fundar una familia; y por otra parte, un idealista que abogaba por la occidentalización de Rusia, imbuido, como tantos intelectuales del siglo XIX, de filosofía alemana, un perseguidor de ideales casi místicos de progreso a través de los escritos de Schelling o Hegel. Pero hoy este novelista ha perdido un tanto de su imagen de hombre interesado por la teoría política – no lo fue, sin embargo, por la praxis-, y para muchos representa tan sólo un cantor nostálgico de la vida en el campo ruso y un cronista de amores imposibles. Quedan de él sus finas observaciones de psicólogo, de escrutador de los sentimientos. Acaso Turgueniev hubiera querido ser un Don Quijote impregnado de ideales de justicia, pero su carácter solitario e introvertido le acercan más a Hamlet; y así llega a una conclusión evidente: “Somos de la opinión de que todos pertenecemos, en mayor o menor medida, a uno de esos dos modelos; que casi todos nosotros estamos próximos a Don Quijote o a Hamlet. Es verdad que en nuestra época los Hamlets son bastante más numerosos que los Quijotes, pero éstos últimos aún no han desaparecido”[15].  Mas un enamorado de la belleza y el arte como Turgueniev no será nunca  un Quijote de la acción política, por mucho que le interesen los problemas sociales. De hecho, el escritor ruso reprochaba a Emile Zola, un novelista “comprometido” con las luchas sociales, que su gran tragedia consistía en no haber leído a Shakespeare.

 

Sin embargo, Iván Turgueniev vive también su peculiar tragedia: la de aquella persona que no hace su nido en ningún sitio y anda errante toda su vida. En esas circunstancias, la relación con los demás se hace compleja y llena de conflictos, entre otras cosas por creer que la felicidad no es algo que dependa de nosotros. Se cumplen plenamente en el escritor las palabras de un proverbio ruso: “El alma ajena son tinieblas”. Es comprensible que en este contexto aflore con fuerza el fatalismo, no el de algunos pensadores rusos que piensan que la voluntad humana está determinada por Dios, sino otro mucho más angustioso: el del hombre abandonado a su destino y en manos de una fuerza ciega llamada materia o naturaleza. ¿Dónde queda la libertad si la vida es “el producto de un movimiento irresistible, involuntario e instintivo, que no puede hacer otra cosa; no es una obra de la reflexión”?[16]. ¿Dónde queda Dios ante este triunfo del azar? Las palabras del escritor son de melancolía y desesperanza en una carta a su amiga Pauline Viardot: “Esta cosa, indiferente, imperiosa, voraz, egoísta, avasalladora, es la vida, la naturaleza, es Dios, llámela usted como quiera, pero no la adore”[17].

 

La conferencia de Turgueniev sobre Hamlet y Don Quijote concluye, sin embargo, con un atisbo de esperanza suministrado por las últimas palabras del caballero manchego en su lecho de muerte, cuando se llama a sí mismo no Don Quijote sino Alonso Quijano el Bueno (II, LXXIV). Esto tiene mucho que ver con la dimensión moral de la libertad, con un buen uso de la libertad de elección que redunda en una mayor ganancia de libertad. Señala certeramente el autor ruso, con una cita más o menos exacta de I Cor 13, 8:“Pero las buenas acciones no se dispersan como humo; son más duraderas que la más deslumbrante belleza: “Todo pasará –exclamó el Apóstol-; sólo el amor permanecerá”.
 

 

*ANTONIO R. RUBIO PLO,

Historiador y analista de relaciones internacionales.

 


[1]  Texto íntegro en castellano en I. TURGUENIEV,  Páginas autobiográficas, Barcelona, 2000, pp. 289-316, trad. Víctor Gallego Ballestero.

 

[2] G.B. SHAW, Man and Superman, Londres, 1978, p. 234.

 

[3] En el Diálogo vigésimosegundo encontramos esta visión del Estado omnipresente y “justo”: “No podéis imaginar hasta qué punto las construcciones ligan los pueblos a sus monarcas. Se podría decir que perdonan fácilmente que se destruyan sus leyes a condición de que se les construyan mansiones”. Vid. M. JOLY, Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, Barcelona, 2002, p. 371, trad. Matilde Horne.

 

[4] I. TURGUENIEV, op. cit., p. 292.

 

[5] F. DOSTOIEVSKI, “Pushkin”, discurso pronunciado el 8 de junio de 1880 en la Sociedad de Amantes de las Letras Rusas, en VV. AA., Rusia y Occidente (Antología de Textos)¸ Madrid 1997, p. 170, trad. Olga Novikova y José Carlos Lechado.

 

[6] I. TURGUENIEV, op. cit., p. 295.

 

[7] I. TURGUENIEV, op.cit., p. 310.

 

[8] La versión castellana del texto de Shakespeare es la clásica de L. Astrana Marín, Madrid, 1991, 29ªed.

 

[9] I. TURGUENIEV, op. cit., p. 294.

 

[10] I. TURGUENIEV, op. cit., p. 304.

 

[11] I. TURGUENIEV, op. cit.,  p. 299.

 

[12] I. TURGUENIEV, op. cit., p. 297.

 

[13] Z. LAÏDI, Le sacré du présent, París, 2000.

 

[14] E. ZUÑIGA, Las inciertas pasiones de Iván Turgueniev, Madrid, 1996.

 

[15] I. TURGUENIEV, op. cit., p. 291.

 

[16] E. ZUÑIGA, op.cit., p. 179.

 

[17] E. ZUÑIGA, op. cit., p. 180.

 

 

‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾

RELACIONADOS:

 

Arvo Net, 02/06/2006

© ASOCIACIÓN ARVO
1980-2006
Contacto: webmaster@arvo.net
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós