Por
Antonio R. Rubio Plo *
Arvo Net, 02.06.2006
Sumario
Las celebraciones del
cuarto centenario del Quijote me
reforzaron en la idea de que la
mejor conmemoración es releer la
historia del hidalgo manchego y
volver a encontrar esa sabiduría que
tradicionalmente se atribuye a los
clásicos. Pero hoy muchos están
renunciando a buscar sabiduría en
las grandes obras del pasado y
prefieren, en cambio, lo puramente
coyuntural: centrarse en la
interpretación del texto, hacer una
peculiar “lectura” del mismo hasta
que sea compatible con lo que se
considera políticamente correcto.
Para ello, se recurre al estudio del
contexto que rodea a la obra, al
análisis de los ámbitos sociales o
culturales en que se originó, lo que
a la larga es la negación del
tradicional concepto de “clásico”,
aquello que se entendía como digno
de imitación en literatura o arte.
Aplicado al Quijote, quiere decir
que es más importante el estudio de
la cocina manchega de aquel momento
y de los usos y costumbres de la
vida rural del siglo XVII que de
todas las máximas que brotan de
labios de Don Quijote. El estudioso
posmoderno de nuestros días se
centrará en su procedencia
grecolatina o judeocristiana, pero
se guardará de emitir un juicio
sobre si las palabras del hidalgo
encierran algún asomo de verdad, por
no decir de sabiduría que no
equivale, ni mucho menos, a
erudición como algunos creen ¿Qué
puede enseñarnos Don Quijote acerca
de la vida? Nada, porque se supone
que las reglas las traza el propio
individuo, ansioso de pensar por sí
mismo, pues le han enseñado que sólo
así se alcanza la mayoría de edad.
Lo malo es que quien le transmitió
esa consigna, no le dijo también que
había que pensar con fundamentos,
que el corazón debe alimentarse de
sólidas lecturas en las que lo menos
importante es el contexto del autor
o de la época. Por ejemplo, ¿qué
puede enseñarnos Don Quijote sobre
la libertad? Menos todavía, pues
algunos creen que vivimos en una
época en la que el ser humano está
construyendo una libertad sin apenas
límites, libertad que debería
extenderse a escala universal para
que no haya “excluidos”, adjetivo
mágico y justificador de interesados
discursos sociopolíticos.
Pese a todo, me resisto a creer que
los clásicos literarios no contengan
enseñanzas válidas para todos los
tiempos, incluso para los actuales
en que se ha intentado trazar una
línea divisoria entre la enseñanza y
la educación, de tal modo que los
educadores apenas tengan nada que
enseñar. Dispuesto a que me
siguieran enseñando, acepté hace
algún tiempo una invitación de la
embajada rusa en Madrid para
escuchar una singular conferencia
sobre Don Quijote y su influencia en
la literatura rusa. La conferencia
tuvo lugar en la sala neoclásica de
la embajada, que no desentonaría en
absoluto con una estancia de un
palacio de San Petersburgo de
finales del siglo XVIII, cuando
Rusia estaba regida por la mano
férrea de Catalina II. No obstante,
aquella zarina no debía de ignorar
las reglas del verdadero arte de
gobernar que tienen bastante que ver
con aquellos prudentes consejos
dados por Don Quijote a Sancho antes
de ser gobernador. De hecho,
Catalina mandó traducir los consejos
para su hijo Pablo, al que sus
contemporáneos llamaron “el Quijote
ruso”, aunque su quijotismo nada
tenía que ver con los ideales, y sí
con la extravagancia y la
arbitrariedad. En su corto y trágico
reinado, no parece, sin embargo, que
el zar Pablo siguiera esas reglas
insertadas en la tradición
judeocristiana –“el temor de Dios
es el principio de la sabiduría”-,
o en la griega –“el conocimiento
de uno mismo es el más difícil que
uno se puede imaginar”, y que
podemos leer en el capítulo XLII de
la segunda parte de la obra de
Cervantes.
Estos pensamientos me
venían a la mente al escuchar en la
embajada rusa las magníficas
intervenciones del agregado
cultural, Mijail Grazinski, y del
eslavista, Jesús García Gabaldón, en
las que se demostraba cómo la
cultura rusa había asimilado a Don
Quijote, quedándose no sólo con la
faceta de su comicidad sino también
con la de sus ideales, expresados en
clave mística e incluso
revolucionaria, pues ésta última
suele ser una mutación a ras de
tierra de quienes aspiran a
construir un utópico paraíso
terrenal. Las intervenciones de los
ponentes me sirvieron para recordar
que Rusia no sólo se interesó por
Cervantes sino también por
Shakespeare, y hasta hubo quien
supo relacionar personajes de ambos
escritores, tal y como demuestra la
conferencia pronunciada el 10 de
enero de 1860 por el novelista Iván
Turgueniev en torno a Hamlet y Don
Quijote[1],
ejemplos de dos actitudes bien
diferentes ante la vida. Con
posterioridad, he meditado más
despacio sobre este texto para
resaltar que las visiones opuestas
de la vida corresponden también a
diferentes percepciones sobre la
libertad.
En esta exposición sobre
la libertad en Don Quijote y Hamlet,
he recurrido al texto, dejando al
margen el contexto. En cambio, en
las referencias a Turgueniev,
importa bastante el contexto: la
trayectoria vital del escritor que
traza los paralelos de dos
personajes universales. Como todos
los paralelos, éstos no confluyen en
lo puramente literario, pero sí
pueden hacerlo en las vidas de los
seres humanos.
Ha sido frecuente
idealizar a Don Quijote y
presentarlo como modelo de virtudes
humanas y caballerescas. Muchos de
sus discursos se nos antojan
juiciosos, pero en realidad el
personaje dista de ser ningún
arquetipo desencarnado sino que se
asemeja a un ser de carne y hueso
con todas sus contradicciones.
Cervantes se refiere a “las
entremetidas razones de Don Quijote,
ya discretas y ya disparatadas”
(II, XVIII). Un personaje totalmente
cuerdo no hubiera sido atractivo
para el escritor, pues quizá hubiera
carecido de ingenio o imaginación; y
otro enteramente loco sólo
despertaría irrisión, y en algunos
casos lástima. Don Quijote es a la
vez sensato y loco. Tomemos de él lo
sensato y desechemos la locura que
nace de la obstinación y que lleva a
“desventuradas aventuras”,
tal y como nos advierte Cervantes en
el citado capítulo. Porque locura de
Don Quijote es dar la libertad a los
galeotes (I, XXII) que han sido
juzgados y condenados por sus
delitos. Estamos ante una visión de
la libertad que no respeta las
decisiones de la justicia humana, y
que incluso implica un profundo
escepticismo sobre ella. De ahí que
el caballero no reflexione sobre las
consecuencias de otorgar la libertad
a unos delincuentes: éstos no sólo
no le expresarán su agradecimiento
sino que se alzarán violentamente
contra él. Y sin embargo, desde un
ejercicio de racionalismo optimista
se ha difundido una tesis simplista
y supuestamente tranquilizadora: el
hombre es malvado y egoísta cuando
se siente oprimido, pero se vuelve
tierno y generoso cuando es libre.
Las piedras que los galeotes arrojan
sobre Don Quijote ponen en duda este
postulado de lo que podría
calificarse de bondadosidad.
Los argumentos que da Don Quijote,
antes de atacar a los guardias que
conducen a galeras a los presos,
revelan toda clase de dudas sobre la
justicia humana. Si hiciéramos una
lectura en exégesis marxista,
diríamos que el Derecho sólo es una
“superestructura”, la coartada de
una sociedad injusta en la que se
asientan la corrupción y la
arbitrariedad: “Las penas que
vais a padecer no os dan mucho
gusto, y que vais a ellas de muy
mala gana y muy contra vuestra
voluntad: y que podría ser el poco
ánimo que aquél tuvo en el tormento,
la falta de dinero déste, el poco
favor del otro y, finalmente, el
torcido juicio del juez, hubiese
sido causa de vuestra perdición, y
de no haber salido con la justicia
que de vuestra parte teníades”.
Don Quijote parece creer que no hay
justicia sin libertad, y estaría en
lo cierto, pues algunas ideas acerca
de la justicia han conducido
históricamente a los hombres por los
senderos de la tiranía y la
arbitrariedad. Sin embargo, hay que
temer también a una libertad sin
justicia, que llevaría a una
inseguridad generalizada, en la que
se multiplicarían por doquier la
violencia y la coacción. La actitud
del caballero es una insensatez,
como él mismo y Sancho experimentan
en su propia carne y en sus
pertenencias, pues aunque la
justicia humana dista mucho de ser
perfecta, mucho peor es que el
individuo trate de imponer su idea
de la justicia, por muy altruistas y
desinteresados que sean sus
planteamientos. La lucha contra las
injusticias no debe conllevar nuevas
clases de injusticias. Es terrible
que algunos den con sus actitudes,
aunque no siempre con sus palabras,
una respuesta afirmativa a aquella
requisitoria planteada por el
jacobino Fouquier-Tinville a la
multitud que contemplaba su llegada
a la guillotina: ¿Será más barato
el precio del pan cuándo mi cabeza
caiga?[2]
Y eso que Fouquier, acusador público
en tantos juicios que llevaban
aparejada una condena a muerte, no
podía presumir de estar libre de
culpa...
Son inquietantes las consecuencias
de una libertad sin justicia, pues
la libertad, esgrimida como
estandarte de lucha, puede quedar
reducida a un eslogan, a una
mera instrumentalización de nobles
aspiraciones del ser humano para
conseguir parcelas de poder y
proclamar desde ellas el supuesto
advenimiento del reinado de la
justicia universal. Llegamos así a
una escatología terrenal que habla
de una meta definitiva de la
historia humana y sustituye la
libertad, ejercicio de la
racionalidad, por las prisiones del
eterno presente del supuesto mundo
perfecto y utópico en el que la
felicidad queda elevada a la
categoría de obligación. Existe el
peligro, que muchos no advierten,
que la libertad sin justicia
desemboque en una “justicia” –aquí
las comillas son obligatorias- sin
libertad. Así lo presintieron en el
pasado pensadores políticos, algunos
casi desconocidos pero no por ello
menos lúcidos, como aquel abogado
francés llamado Maurice Joly, que se
enfrentó a Napoleón III por medio de
un imaginario Diálogo en el
infierno entre Maquiavelo y
Montesquieu[3].
Acaso Turgueniev no acertara a
vislumbrar esto, pues en su afán por
la “occidentalización” de Rusia,
estaba muy influenciado por esa
filosofía determinista y mecanicista
del siglo XIX que triunfaría en su
país con la revolución de 1917. En
su bienintencionado idealismo no
llegó a comprender que el quijotismo
también puede desembocar en
patéticas caricaturas. Los quijotes,
que se sientan investidos de una
superioridad moral, pueden
convertirse en seres sectarios,
implacables y fríos. Tal es el
resultado de una sectarización de la
bondad, un maniqueísmo que desemboca
en el puritanismo de lo
“políticamente correcto”. Lo peor de
estos quijotes serán sus tonos
“proféticos”, muy ajenos a la
prudencia de los consejos del
verdadero Alonso Quijano, y que les
llevarán a guiarse sólo por su
intuición, más que por unos valores
firmes. El resultado puede ser un
híbrido de Hamlet y Don Quijote: la
unión de la duda existencial con la
acción. Cuando ambas se combinan, el
resultado no desembocará en hechos
sino en una retórica vacía de
contenido.
Don Quijote: un canto a la libertad
Iván Turgueniev resalta una notable
diferencia en la obra cervantina: “Es
bien sabido que la importancia del
personaje se agranda bajo la mano de
su inmortal creador y que el Don
Quijote de la segunda parte, el
amable interlocutor de duques y
duquesas, el sabio mentor de su
escudero-gobernador, no es el mismo
Don Quijote que aparece en la
primera parte de la novela”[4].
Prueba de ello es que la segunda
parte contiene en su capítulo LVIII,
un apasionado alegato de nuestro
caballero andante en favor de la
libertad, un texto citado en muchas
ocasiones, válido para el discurso
de un jefe de Estado o de un
académico, aunque también, por sus
profundos alcances, para las
lecciones de un filósofo o las
enseñanzas de un teólogo. Estamos
ante un Don Quijote cuerdo, que ha
bebido en las fuentes de los buenos
libros y de la propia experiencia:
“La libertad, Sancho, es uno de
los más preciados dones que a los
hombres dieron los cielos; con ella
no pueden igualarse los tesoros que
encierran la tierra ni el mar
encubre; por la libertad, así como
por la honra, se puede y se debe
aventurar la vida, y por el
contrario, el cautiverio es el mayor
mal que puede venir a los hombres”.
Expresa Don Quijote que la libertad
es un distintivo del hombre, y dadas
las convicciones cristianas del
caballero, la atribuye a un don de
los cielos, un regalo de Dios. Esta
afirmación encierra en sí misma un
testimonio de la dignidad humana,
fundamentada en un hombre hecho a
imagen y semejanza de Dios (Gn 1,
26). La condición de criatura
implica una grandeza y al mismo
tiempo una limitación, algo que
también alcanza a la libertad. La
libertad no va unida, por tanto, a
un poder absoluto, pues un don
recibido. Y es que la concepción de
la libertad como un poder sin
límites se vuelve contra el propio
ser humano, pues rebaja la libertad
al mero arbitrio, a la voluntad
caprichosa de que lo que “puede
hacerse, se hace”. Se rechaza
distinguir entre la posibilidad
física y la moral, y por tanto,
siempre habrá otras personas que
resultarán perjudicadas. Son
aquéllas a las que nadie va a pedir
ningún consentimiento, un curioso
contraste con esos usos sociales y
leyes que hacen hoy del
consentimiento poco menos que la
medida de todas las cosas. Sin
embargo, pensar racionalmente sobre
las consecuencias de las propias
acciones se convierte en algo
molesto en el mundo actual, e
incluso es percibido como una
coacción a la libertad humana.
Dostoievski sería un profeta molesto
tanto hoy como en la Rusia de su
tiempo, sobre todo cuando se dirige
a nosotros con esta requisitoria en
muchos oídos sonaría despiadada: “¿Y
acaso puede una persona fundar su
felicidad sobre la desdicha de
otra?”[5].
La libertad es para Don Quijote el
mayor de los tesoros del ser humano,
muy superior a cualquier riqueza
material, a toda apetencia de poder.
Sin embargo, a veces hay personas
que sacrifican su libertad a todo
eso, pues creen que riqueza y poder
otorgan la posibilidad de comprarlo
todo. Quien tiene más posibilidades
de ese tipo, más libertad tendría
supuestamente. Se olvida una vez más
que el hombre es un ser limitado;
hay muchas cosas que no puede
elegir: su temperamento, su familia,
su país,
su lengua... Todo aquello que no
puede elegirse, tampoco puede
comprarse. Con todo, alguien pensará
que cada ser humano tiene su precio,
mas esto implica creer que nadie es
honrado, y a la vez suponer que
vivimos en el terreno de la
sospecha, un terreno que no es
adecuado para el crecimiento de una
planta frágil como es la libertad.
La sencillez suele ser un buen
antídoto contra la sospecha y Don
Quijote, en opinión de Turgueniev,
es todo un ejemplo de humildad: “Su
corazón es humilde; su alma, grande
y audaz. Su conmovedora devoción no
restringe su libertad”[6]
No es de los que ponen en duda el
orden establecido en el momento en
que le ha tocado vivir, pero eso no
le convierte, como alguien pudiera
creer, en un hombre subyugado:
“Don Quijote siente un profundo
respeto por las instituciones
preexistentes: la religión, la
monarquía, los duques; y al mismo
tiempo es libre y reconoce la
libertad de los otros”[7].
El caballero entiende bien que la
libertad no depende exclusivamente
de cómo sean las estructuras
sociales sino que es consciente de
que la libertad es un proceso
interno, en el que el individuo ha
de encaminar sus esfuerzos a ser
libre, lo que supone su realización
efectiva como hombre, y los
obstáculos en ese camino serán
tantos externos como internos. De
ahí que la libertad en la visión del
caballero implique también una
voluntad del ánimo por estar
desprendido de las ataduras
materiales, por muy placenteras que
sean en apariencia. Este
desprendimiento, con el que se gana
la libertad del espíritu, lo aprecia
Don Quijote, una vez que ha salido
de la vida regalada en el castillo
de los duques: “Las obligaciones
de las recompensas de los beneficios
y mercedes recibidoras son ataduras
que no dejan campear al ánimo libre.
¡Venturoso aquél a quien el cielo
dio un pedazo de pan, sin que le
quede obligación de agradecerlo a
otro que al mismo cielo!”. No
hay en estas palabras el consabido
orgullo de no tener que agradecer
nada a nadie. Antes bien, expresan
una profunda convicción cristiana de
confianza en la Providencia, lo que
supone entender la vida y los bienes
como un don de Dios, y entre esos
bienes figura indiscutiblemente la
libertad.
Señala asimismo Don Quijote que por
la libertad vale la pena aventurar
la vida. Una vida sin libertad
reduce al hombre a la categoría de
un animal enjaulado. Le niega el
derecho a tener su propia historia,
a edificar su futuro como persona.
Pero cabe plantearse serias dudas
cuando se recurre a la violencia en
nombre de la libertad, lo que
implica no sólo arriesgar la propia
vida sino también las de otros.
Detrás de la violencia, hay siempre
una lucha por el poder, y ésta no es
necesariamente un combate por la
libertad. El test de la
libertad se plantea a posteriori
cuando el nuevo poder asume sus
responsabilidades. De ahí que no
toda lucha por la independencia
desemboque en un régimen de libertad. Sin embargo, las cosas son
muy diferentes cuando se llega al
extremo de arriesgar la propia vida
por alcanzar la libertad, como en
tantos ejemplos de personas que se
han enfrentado a los regímenes
totalitarios del siglo XX.
Hamlet: libertad de elegir y
determinismo
La angustia de Hamlet,
que le lleva por el sendero del
escepticismo, se contrapone al
entusiasmo idealista de Don Quijote.
Esa angustia es capaz de atravesar “los
parapetos y valladares de la razón”
(acto I, escena IV)[8],
y le lleva a vivir en perpetua
sospecha hacia quienes le rodean: “¡Bueno
será apuntar que puede uno sonreír y
sonreír, y ser un bellaco!”
(acto I, escena V). Acaso Hamlet
pudiera enfrentarse a la corrupción
imperante en el reino de Dinamarca
por medio de las clásicas virtudes
aristotélicas, pero las virtudes
necesitan siempre de un espíritu de
determinación para ponerlas en
práctica. En su famoso monólogo de “ser
o no ser”, Hamlet sabe
perfectamente que ha de tomar una
decisión, pero lo malo es que la
inacción, la pasividad figura entre
sus opciones. Su libertad queda, por
tanto, reducida a la pura elección,
pues su espíritu angustiado le
impide optar por la solución mejor
desde un punto de vista moral. De
ahí su angustiosa pregunta: “¿sufrir
los dardos de la insultante fortuna
o tomar las armas contra un piélago
de calamidades y haciéndoles
frente, acabar con ellas?” (acto
II, escena I). Mas Hamlet carece de
espirítu de determinación, y en
consecuencia no es hombre que haga
uso de la prudencia, la justicia, la
fortaleza o la templanza, necesarias
todas ellas para afrontar
adversidades.
Como dice Turgueniev, este príncipe
representa “el análisis, el
egoísmo, y por tanto, la
incredulidad. Sólo vive para sí
mismo, es un egoísta; pero este
egoísta ni siquiera puede creer en
sí mismo; sólo puede creer en lo que
está fuera de nosotros, por encima
de nosotros”[9]
¿Qué concepto puede tener, entonces,
Hamlet acerca de la libertad? En
realidad, ninguno definido porque su
filosofía de la vida es
determinista, ni siquiera creerá en
la libertad de elegir porque ésta no
es real sino aparente. Piensa que
esa libertad, que en algunos sería
útil para colmar ambiciones de poder
o riquezas, forma parte de un sueño.
De hecho, Hamlet asiente a estas
palabras del cortesano Rosencrantz:
“Sueños que en realidad no son
más que ambición, puesto que el
objeto mismo del ambicioso es
solamente la sombra de un sueño”
(acto II, escena I). Así pues,
Shakespeare en 1601, fecha del
estreno de Hamlet, se
anticipa de alguna manera a la
mentalidad de un cierto Barroco: el
mundo es una sucesión de
fingimientos y apariencia, de
teatralidad e hipocresía. En esta
mentalidad, las convicciones
religiosas empiezan a declinar, y
poco a poco la figura del Dios
providente empezará a ser sustituido
por la de un Dios espectador que se
limita a contemplar la
representación del teatro del mundo.
El deísmo de la Ilustración se
divisa en el horizonte. Y es que
cuando acaba la interpretación
terrena, las máscaras se desvanecen.
¿No son las últimas palabras del
Hamlet moribundo: “Lo demás es
silencio”, (acto V, escena II)?
La libertad es, en este contexto,
una ilusión, una apariencia. La
inteligencia humana parece ser
inútil; sería más sencillo dejarse
llevar por la irracionalidad de las
bestias, que sólo tienen que seguir
sus instintos y no atormentarse por
el dilema del bien y del mal. Vistas
así las cosas, la conciencia, que
está ligada a la dimensión moral de
la libertad, resulta una acompañante
incómoda: “La conciencia hace de
todos nosotros unos cobardes; y así
el motivo de una resolución se torna
enfermizo bajo los pálidos toques
del pensamiento, y por esta
consideración, empresas de grande
aliento e importancia, tuercen su
curso y dejan de tener nombre de
acero” (acto II, escena I). La
conciencia apenas puede iluminar a
Hamlet porque está lastrada por la
preocupación. Pensamiento y voluntad
no van acompasados. Iván Turgueniev
lo expresa con toda certeza: “Para
actuar es necesaria la voluntad,
para actuar es necesario el
pensamiento; pero el pensamiento y
la voluntad se han separado, y cada
día que pasa se separan más...”[10].
Hamlet es preferido a Don Quijote
No es extraño que el irónico y
dubitativo príncipe de Dinamarca
resulte más atractivo en este mundo
posmoderno que el caballero
manchego. Se diría que el número de
Hamlets supera ampliamente al de
Quijotes, pues los escépticos
confesos –y orgullosos de serlo-
abundan más que quienes afirman que
hay que defender unos ideales que
consideran verdaderos y buenos.
Hamlet resulta más cercano que un
Don Quijote que nos habla de
lealtad, verdad o justicia. Todo eso
se antoja locura en el reino del
relativismo, carente de otro
entusiasmo que no sea el de anhelar
las efímeras satisfacciones de un
perpetuo presente. Por el contrario,
se prefiere a Hamlets que frunzan el
ceño y hablen con arrogancia, una
actitud que sólo se explica desde
ese escepticismo hamletiano que le
hace vivir en una continua sospecha.
Es paradójico que Hamlet guste en la
época del igualitarismo, pues como
señala Turgueniev: “Hamlet carece
de valor para las masas; no les da
nada, nunca podrá conducirlas,
porque él mismo no va a ninguna
parte. ¿Cómo puedes conducir a
alguien cuándo no estás seguro de
que haya tierra bajo tus pies?
Además, los Hamlets desprecian a la
multitud. Quién no se respeta a sí
mismo, ¿cómo puede respetar a los
demás?”[11].
Cuando se admira a Hamlet, no se
buscan modelos sino justificaciones
vitales. El igualitarismo nunca ha
estado reñido con el
individualismo... Por lo demás, hoy
se le puede reprochar a Don Quijote
el tener unos ideales definidos y
buscar la verdad fuera de sí mismo;
se le echará en cara también su
alegría e ingenuidad, y en
particular, su capacidad para el
asombro, que es un modo de detectar
dónde reside la verdadera juventud.
Todo un contraste con Hamlet, pues,
según Turgueniev, “no se
enfrentará a molinos de viento, él
no cree en gigantes; pero tampoco se
lanzaría contra ellos en caso de que
existieran”[12].
Tomar decisiones es útil para
configurar el futuro; las
indecisiones sólo sirven para
prolongar un presente que no conduce
a ningún camino. Sin embargo, éste
es el marco en que vive el
“hombre-presente” de nuestros días,
en acertada expresión de Zaki Laïdi[13],
y por eso le agradará más
identificarse con Hamlet que con Don
Quijote. Cuando no hay perspectiva
futura, tampoco hay esperanza, pues
el presente reducido a dimensión
única se vive bajo el signo de la
urgencia, es decir de la angustia.
Turgueniev: más Hamlet que Don
Quijote
Para conocer la vida, la obra y la
mentalidad del gran novelista Iván
Turgueniev, el autor de Hamlet y
Don Quijote, hay que recomendar
un excelente ensayo de un eslavista
español, Eduardo Zuñiga. Se trata de
Las inciertas pasiones de Iván
Turgueniev[14],
que nos adentra en la personalidad
de un hombre complejo; por un lado,
un romántico, una especie de mendigo
del amor pero que rehuye en todo
momento el compromiso de fundar una
familia; y por otra parte, un
idealista que abogaba por la
occidentalización de Rusia, imbuido,
como tantos intelectuales del siglo
XIX, de filosofía alemana, un
perseguidor de ideales casi místicos
de progreso a través de los escritos
de Schelling o Hegel. Pero hoy este
novelista ha perdido un tanto de su
imagen de hombre interesado por la
teoría política – no lo fue, sin
embargo, por la praxis-, y para
muchos representa tan sólo un cantor
nostálgico de la vida en el campo
ruso y un cronista de amores
imposibles. Quedan de él sus finas
observaciones de psicólogo, de
escrutador de los sentimientos.
Acaso Turgueniev hubiera querido ser
un Don Quijote impregnado de ideales
de justicia, pero su carácter
solitario e introvertido le acercan
más a Hamlet; y así llega a una
conclusión evidente: “Somos de la
opinión de que todos pertenecemos,
en mayor o menor medida, a uno de
esos dos modelos; que casi todos
nosotros estamos próximos a Don
Quijote o a Hamlet. Es verdad que en
nuestra época los Hamlets son
bastante más numerosos que los
Quijotes, pero éstos últimos aún no
han desaparecido”[15].
Mas un enamorado de la belleza y el
arte como Turgueniev no será nunca
un Quijote de la acción política,
por mucho que le interesen los
problemas sociales. De hecho, el
escritor ruso reprochaba a Emile
Zola, un novelista “comprometido”
con las luchas sociales, que su gran
tragedia consistía en no haber leído
a Shakespeare.
Sin embargo, Iván Turgueniev vive
también su peculiar tragedia: la de
aquella persona que no hace su nido
en ningún sitio y anda errante toda
su vida. En esas circunstancias, la
relación con los demás se hace
compleja y llena de conflictos,
entre otras cosas por creer que la
felicidad no es algo que dependa de
nosotros. Se cumplen plenamente en
el escritor las palabras de un
proverbio ruso: “El alma ajena
son tinieblas”. Es comprensible
que en este contexto aflore con
fuerza el fatalismo, no el de
algunos pensadores rusos que piensan
que la voluntad humana está
determinada por Dios, sino otro
mucho más angustioso: el del hombre
abandonado a su destino y en manos
de una fuerza ciega llamada materia
o naturaleza. ¿Dónde queda la
libertad si la vida es “el
producto de un movimiento
irresistible, involuntario e
instintivo, que no puede hacer otra
cosa; no es una obra de la
reflexión”?[16].
¿Dónde queda Dios ante este triunfo
del azar? Las palabras del escritor
son de melancolía y desesperanza en
una carta a su amiga Pauline Viardot:
“Esta cosa, indiferente,
imperiosa, voraz, egoísta,
avasalladora, es la vida, la
naturaleza, es Dios, llámela usted
como quiera, pero no la adore”[17].
La conferencia de Turgueniev sobre
Hamlet y Don Quijote concluye, sin
embargo, con un atisbo de esperanza
suministrado por las últimas
palabras del caballero manchego en
su lecho de muerte, cuando se llama
a sí mismo no Don Quijote sino
Alonso Quijano el Bueno (II, LXXIV).
Esto tiene mucho que ver con la
dimensión moral de la libertad, con
un buen uso de la libertad de
elección que redunda en una mayor
ganancia de libertad. Señala
certeramente el autor ruso, con una
cita más o menos exacta de I Cor 13,
8:“Pero las buenas acciones no se
dispersan como humo; son más
duraderas que la más deslumbrante
belleza: “Todo pasará –exclamó el
Apóstol-; sólo el amor permanecerá”.
*ANTONIO
R. RUBIO PLO,
Historiador y analista de relaciones
internacionales.