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«Deus caritas
est», globalizar la justicia y el amor Por Rafael
Navarro-Valls, catedrático de la Universidad Complutense
MADRID,
domingo, 5 febrero 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el
comentario que desde las páginas del diario «El Mundo»
ha escrito el profesor Rafael Navarro-Valls, catedrático
de la Universidad Complutense, autor del libro «Estado y
Religión».
* * *
Frente al
abuso de la religión hasta llegar a la «apoteosis del
odio», la primera encíclica de Benedicto XVI («Deus
caritas est») contrapone un Dios que crea por amor al
ser humano y se inclina hacia él.
Esto explica
que, recién elegido Papa, Ratzinger planteara como
primer desafío de la humanidad la solidaridad entre las
generaciones, la solidaridad entre los países y entre
los continentes, «para una distribución cada vez más
equitativa de las riquezas del planeta entre todos los
hombres». Lo cual no es simple filantropía, sino un
«impulso divino» que empuja a aliviar la miseria. Esta
es la clave de la encíclica «Deus caritas est». Pocos
comentarios han destacado que esta encíclica es
claramente una encíclica «social». Un documento que se
mueve en la estela de las grandes encíclicas sociales,
iniciadas por la «Rerum Novarum» de León XIII.
Desde
mediados del siglo XVIII, concretamente desde Benedicto
XIV (1740), las encíclicas son cartas circulares
impresas, dirigidas por el Papa a todo (o a parte) del
episcopado, y a su través, a los fieles e incluso a
todos los hombres de buena voluntad. Por lo común,
suelen responder a cuestiones particulares de una época,
y es una de las fuentes principales de la predicación de
la Iglesia católica. La que acaba de publicar el Papa
Ratzinger será la número 294 desde Benedicto XIV.
En el siglo
XX, el Papa que más encíclicas publicó fue Pío XI (41) y
el que menos, Juan XXIII (7). Catorce publicó Juan Pablo
II. No parece que Benedicto XVI vaya a ser de los más
prolíficos. Y no sólo por su edad. Piensa que los
problemas de la Iglesia no se arreglan desde un
escritorio. Insiste en que la Iglesia «habla demasiado
de sí misma. No tenemos necesidad de una Iglesia más
humana, sino de una Iglesia más divina». La primera
encíclica de los papas del siglo XX tiende a ser
programática. Marca el rumbo de fondo por el que desean
conducir a la Iglesia. Así, Juan XXIII unió su primera
encíclica («Ad Petri cathedram») a la finalidad que se
había propuesto al anunciar la celebración del Concilio
Vaticano II: promover el conocimiento de la verdad como
camino para las restauración de la unidad y de la paz.
Pablo VI igualmente conectó su primera encíclica («Ecclesiam
suam») con el mismo Concilio, ya que su publicación
coincidió con el final de su segunda sesión. En ella
plan teaba los tres caminos por los que se proponía
conducir la Iglesia: conciencia, renovación y diálogo.
En fin, Juan Pablo II en la «Redemptor hominis», también
su primera encíclica, entiende que la cuestión del
hombre no se puede separar de la cuestión de Dios. Por
eso su objetivo -evidente en todo su largo pontificado-
fue unir antropocentrismo con cristocentrismo. Es decir,
resaltar que sólo es posible la comprensión del hombre
mirando aquel de quien es imagen: Dios.
En sintonía
con el programa de su antecesor, esta primera encíclica
de Benedicto XVI comienza apuntando a la esencia de
Dios: la caridad, el amor. Y, contra lo que viene
afirmándose en los primeros comentarios que he leído, es
también programática. Tan programática que, contra toda
praxis, el propio Papa quiso explicar, dos días antes de
su publicación, la finalidad que con ella se proponía. Y
lo hizo tomando como punto de partida la «Divina
Comedia». Al igual que Dante en su gira cósmica lleva al
lector ante el rostro de Dios, que es «el amor que mueve
a las estrellas», Ratzinger quiere enfrentar al hombre
con un Dios que «asumió un rostro y un corazón humanos».
Cuando
inició su pontificado, Benedicto XVI insistió en que su
verdadero programa de gobierno no se centraría en seguir
sus propias ideas, «sino en dejarme conducir por el
Señor, de modo que sea él mismo quien guíe a la Iglesia
en esta hora de nuestra historia». Leyendo su primera
encíclica se confirma ese propósito.No es una exposición
de alguno de los temas favoritos del cardenal Ratzinger,
por ejemplo el relativismo. Es, más bien, un texto en
que el autor pasa a segundo plano concentrando su
atención en la primera palabra con la que empieza la
encíclica : «Dios».Su programa parece como si viniera
impuesto por una fuerza externa al propio Benedicto XVI,
una fuerza que le impulsa a gravitar sobre los grandes
temas de la justicia y la caridad.
Ratzinger en
sus escritos intenta, de uno u otro modo, reivindicar la
razón en el cristianismo. Lo que él mismo ha llamado «la
victoria de la inteligencia» en el mundo de las
religiones. En esta encíclica parece dejarse llevar por
un impulso diferente: la reivindicación de la justicia y
el amor como signo distintivo de su programa de acción.
No se olvide que desde que Ratzinger publicara en 1954
su primer libro, su producción científica ha sido
abrumadora: miles de trabajos y más de 50 libros. La
inteligencia y claridad de lo que escribe le hace ser
uno de los autores más leídos del siglo XX. «Me siento
menos sola cuando leo los libros de Ratzinger», decía
Oriana Fallaci a «The Wall Street Journal». «Soy una
atea, añadía, y si una atea y un Papa creen las mismas
cosas, hay mucho de verdad allí». Efectivamente, nadie
-creyente o no- puede discutir el mensaje de Benedicto
XVI en «Deus caritas est».
Resumiendo,
yo diría que su encíclica pretender «globalizar la
justicia y el amor». De modo que en la gran familia
humana -y también en esa familia que es la Iglesia- no
haya ningún miembro «que sufra por falta de lo
necesario». Naturalmente, antes de hablar de amor hay
que reivindicar la justicia en las relaciones humanas.
Por eso Benedicto XVI utiliza una dura frase de San
Agustín para calificar «de gran banda de ladrones» a un
Estado que no se rigiera por la justicia. Con ello está
diciendo que la justicia es el objeto y la medida de
toda política. La política no es simplemente «una
técnica» es, antes, una forma de ética. Naturalmente,
eso es misión del Estado, pero no sólo de él. Es, ante
todo, una gran tarea humana. Por eso Benedicto XVI
reivindica para la Iglesia el deber de ofrecer,
«mediante la purificación de la razón y de la ética»,
una contribución específica que haga a la justicia
comprensible y políticamente realizable. De ahí, por
ejemplo, la absoluta necesidad de la libertad
religiosa.
Pero si la
justicia es imprescindible, Benedicto XVI reivindica
para la caridad (el amor) un puesto importante. El
sufrimiento no sólo reclama justicia. Reclama, además,
la amorosa atención personal. Y aquí, las fuerzas
sociales -incluida la Iglesia- son insustituibles en su
cercanía a la indigencia, material o espiritual.
Sorprende el vigoroso aliento que de toda la encíclica
se desprende hacia las nuevas formas de voluntariado
social, que unen la espontaneidad con la cercanía a los
hombres y mujeres necesitados de auxilio. La
contraposición que el Papa hace del deterioro que entre
los jóvenes produce la «anticultura de la muerte» (por
ejemplo la droga) y, por contraste, la dignidad que en
ellos mismos se trasluce en la «cultura de la vida», que
se entrega a los demás en el voluntariado, es
ciertamente uno de los pasajes más entrañables de la
encíclica. No se crea, sin embargo, que el mensaje de
Benedicto XVI es una simple exhortación «al activismo
social». Es mucho más que eso, pues al fijarse en
Teresa de Calcuta (probablemente la activista social más
destacada de todo el siglo XX) hace notar que su
fecundidad fue debida a su vida interior, a su unión con
Dios en la atención a los más abandonados de todos. De
ahí que el Papa Ratzinger siente como conclusión: «Ha
llegado el momento de reafirmar la importancia de la
oración ante el activismo y el secularismo de muchos
cristianos comprometidos en el servicio caritativo».
El centro de
gravedad de la Iglesia pasó durante el siglo XX y XXI de
Europa al Tercer Mundo, con un 62% de los católicos
viviendo actualmente en Iberoamérica, África y Asia. Es
en estas zonas donde la miseria tiende sus tentáculos
con más fuerza. Benedicto XVI parece querer apuntar
hacia esos lugares como uno de los desafíos de su
pontificado. Por eso he dicho que «Deus caritas est» es
, primordialmente, una encíclica social.
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