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Autor:
Pablo Caruso
Lugar: La Gaceta.es
05/02/2008
Arvo.net,
06/02/2008
El escritor se
percató de que sus dudas de fe hacían sufrir a la persona
que más amaba, su madre.
Alguien que
conozco dice que la duda es la jactancia de los
intelectuales. Supongo que lo pensó después de haber oído a
Jorge Luis Borges, cuando alguna vez se le preguntaba sobre
la vida después de la muerte. Borges, al menos es lo que
decía, dudaba de la trascendencia del hombre. La duda es uno
de los nombres de la inteligencia. No afirmo ni niego, pero
espero que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el
infierno, respondía. Y se quedaba tan campante.
Eran frases de
una personalidad magnética, brillante y contradictoria que
hacían las delicias de los habitantes de ciertos cenáculos.
¿Y qué puede decirnos Borges sobre las drogas? ¿Probó alguna
sustancia prohibida? Yo no bebo, no fumo, no escucho la
radio, no me drogo, como poco. Yo diría que mis únicos
vicios son El Quijote, La Divina Comedia y no incurrir en la
lectura de Enrique Larreta ni de Benavente.
Ácido y
ríspido. Los peronistas no son ni buenos ni malos, son
incorregibles, decía en alguna ocasión, lo cual le trajo
alguna humillación laboral. Así era Borges. En algún
momento, este genial escritor de la lengua castellana del
siglo XX se percató de que algunas afirmaciones referentes a
la fe hacían sufrir a la persona que más amó en este mundo:
su madre. Una mujer creyente y piadosa. Doña Leonor Acevedo
era una dama dotada de un ingenio y una picardía —de la
buena— que heredó y cultivó con entusiasmo su hijo. Él
veneraba a su madre y sufría lo indecible cuando algo o
alguien molestaba la tranquilidad de doña Leonor. Eran años
de cobardes bombas y amenazas perturbadoras.
El teléfono
sonó a horas angustiantes: “Te vamos a matar a vos y a tu
hijo”, dijo la voz. Doña Leonor, ya postrada, le dijo con
toda tranquilidad: Vea señor, tengo más de 90 años y si no
se apura en cumplir su amenaza, por ahí me muero antes. Y
se quedó en paz. Sin embargo, hubo una vez que el espíritu
de doña Leonor se inquietó. Aunque lo sabía, escuchar de los
labios de su hijo que se declaraba agnóstico hizo que su
corazón le advirtiera de una amenaza mucho más letal que una
bomba. La salvación eterna de su hijo la perturbaba. Tenía
que hacer algo. Y lo hizo.
A veces, muy
de vez en cuando, en el lugar y tiempo menos pensado, el
escriba se encuentra una “estrella en el aljibe”, como decía
un maestro de periodistas. No sé yo si éste es el caso, pero
quiero contarlo. El que esto escribe fue a visitar a su
anciano amigo sacerdote, cuyo corazón ya está muy gastado:
apenas le quedan unos latidos y los utiliza para seguir
rezando a fin de terminar el “buen combate”.
"No estoy
retirado", me aclaró. Un sacerdote nunca se retira, sino que
está junto con otros hermanos sacerdotes, en una casa muy
acogedora, esperando impaciente ver el rostro de su Señor.
La sombra relajante del frondoso tilo hizo más fácil la
deliciosa conversación o monólogo —en mi beneficio, claro
está— de este hombre de Dios. Tampoco sabría yo precisar por
qué derivó la conversación hacia la madre del mundialmente
celebrado escritor argentino.
¿Sabes?, me
dijo mi amigo, "me gustaría que lo cuentes". "Hazlo con
delicadeza, pero cuéntalo". Ella, doña Leonor, amaba a ese
hijo y su primera preocupación era su alma, por tanto, rezó
mucho por este asunto. Un día decidió sacar este tema.
"Hijo, ¿qué es eso que he oído por ahí, que eres agnóstico?
¿De verdad dudas de la existencia de Dios?". La directa
pregunta de doña Leonor logró hacer tartamudear más de lo
habitual al escritor, eterno candidato al premio Nobel de
Literatura.
"Lo que pasa,
madre, es que el infierno y el paraíso me parecen
desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen
tanto", respondió el autor del El Aleph. Entonces, doña
Leonor le tomó la mano y le susurró: "Prométeme que
recitarás un Ave María todas las noches. Te pido que lo
hagas cuando te retires a dormir. Hazlo, aunque yo no esté
físicamente a tu lado, como si me dieras a mí el beso de las
buenas noches". "Sabes, madre, yo creo que es mejor pensar
que Dios no acepta sobornos". Doña Leonor se quedó un rato
en silencio. "Entonces, tengo que admitir que me has
sobornado muchas veces". "Lo has hecho cuando me dabas un
beso antes de pedirme algo que querías". Borges sonrió.
Tiempo después, el escritor admitió a un amigo suyo que, por
amor a su madre, nunca se había olvidado de recitar todas
las noches esa sencilla oración mariana.
Jorge Luis
Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, a los 87
años. Ante la sorpresa de las pocas personas que le rodeaban
en su lecho de muerte, pidió ver a un sacerdote católico.
Así se hizo. Esto que hoy cuento ocurrió hace algunos años.
Mi anciano amigo sacerdote nunca me dijo cuándo lo debía
contar. Quiero hacerlo hoy y no sé por qué.
Voces y caras
extrañas vendrán seguramente a desmentirme… ¿Y qué?□ |